Analistas 14/07/2026

Y mientras tanto, patria sin acomodo

María Claudia Lacouture
Presidenta de AmCham Colombia y Aliadas

Mientras en Colombia se desempolvan discusiones de ética cuando conviene, más como recurso moral tardío que como debate jurídico serio, Estados Unidos acaba de conmemorar los 250 años de su independencia. La fecha no es una postal de fuegos artificiales: recuerda que una república se sostiene cuando sus ciudadanos entienden que la patria vale más que la victoria de un partido. Y, mientras tanto, Colombia debe preguntarse: ¿qué significa ser patriota cuando el resultado electoral no nos gusta?

Podemos discutir programas, ministros, reformas, decisiones judiciales, doble nacionalidad y estilos de gobierno. Debemos hacerlo. La democracia no pide silencio; pide reglas. Pero insinuar que solo es legítima cuando gana mi lado no es oposición: es mezquindad política con costo institucional. La misma democracia que llevó a Petro a la Presidencia obliga a reconocer al presidente electo; y la misma que mantiene a Cepeda en el Senado le garantiza hacer oposición, no desconocer el mandato ciudadano.

Patriotismo no es aplaudir al gobierno de turno ni cerrar los ojos ante sus errores. Tampoco es llamar fraude a cada derrota, persecución a cada control o traición a cada diferencia. Esa ética intermitente puede servir para un titular, pero le sale cara a un país que necesita confianza, inversión, empleo y estabilidad.

Estados Unidos no llegó a sus 250 años por ser perfecto. Su historia carga esclavitud, racismo y divisiones. Su lección útil es otra: una nación madura no se mide por la ausencia de conflictos, sino por tramitarlos con reglas comunes. Thomas Paine escribió que hay tiempos que “ponen a prueba el alma”. La de Colombia se prueba ahora: reconocer al adversario sin rendirse.

Ser patriota no significa estar de acuerdo con quienes piensan distinto. Tampoco significa aceptar cada ley, política o decisión. Significa entender que las libertades religiosa, de expresión y de conciencia protegen a todos por igual, no solo a quienes piensan como nosotros. Una democracia no es una finca familiar ni una barra brava con himno; es una casa común con reglas para todos y nadie por encima de la ley.

¿Qué hacer? Los ciudadanos deben pedir pruebas, no consignas; leer antes de compartir; votar, vigilar y debatir sin incendiar. Los partidos deben llevar sus reclamos a las autoridades. Empresarios y gremios deben defender la estabilidad jurídica: sin reglas no hay crédito, inversión ni empleo. El gobierno saliente debe facilitar una transición ordenada; el entrante, gobernar para todos. Y los medios deben preguntar con rigor.

Mientras unos hablan de resistencia y otros del desquite, Colombia necesita patriotismo constitucional: uno que no adore personas, sino instituciones; que no exija silencio, sino responsabilidad; que no confunda oposición con sabotaje ni autoridad con cheque en blanco.

Kennedy invitó a pensar qué hacemos por el país. En Colombia, la respuesta es clara: antes que gobierno u oposición, debemos ser patriotas. Ser patriota es respetar la democracia cuando incomoda y cuidar las instituciones, aunque no nos favorezcan. Porque una patria que solo se defiende cuando obedece a mi lado deja de ser patria: se vuelve instrumento. Colombia no puede ser instrumento de nadie: debe ser compromiso de todos.

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