Y mientras tanto, ¿por quién votar?
Me preguntan por quién voy a votar. Y antes de hablar de nombres, vale hacerse otra pregunta: ¿qué país queremos?
Porque votar sin pensar en el país es como mercar sin lista: uno termina comprando antojos y olvidando lo esencial.
Yo tengo claro el país que quiero.
Quiero una Colombia segura, pero no encerrada; con autoridad, pero con respeto. Donde la paz no sea excusa para la impunidad y la seguridad sea poder salir a trabajar, estudiar, emprender y volver a casa en paz.
Quiero una Colombia de oportunidades, no de privilegios ni estrato. Donde una niña en La Guajira, un joven en Cauca, un adulto en San Andrés, una familia en el Chocó o cualquier colombiano sienta que el país no le queda lejos y también le pertenece.
Quiero un país que cuide de verdad a sus niños y jóvenes: que ninguno crezca con hambre, sin escuela o con miedo; que nadie cambie un cuaderno por un arma, ni un sueño por supervivencia; que la violencia o la falta de opciones no les robe el futuro.
Quiero salud y educación como caminos reales, no privilegios ni promesas. Y que la inclusión y la equidad se conviertan en oportunidades reales.
También quiero un país donde producir no sea pecado, emprender no sea una osadía y trabajar legalmente no parezca deporte extremo. Un Estado que acompañe sin asfixiar; pequeño y eficiente, que respete a quien trabaja y genera empleo.
Quiero reglas claras, transparencia e instituciones que funcionen con responsabilidad, no con caprichos. Quiero una democracia fuerte: con derechos y también deberes, independencia de poderes y donde nadie esté por encima de la ley.
Quiero un país donde el diálogo no sea una foto: donde se pueda conversar, escuchar y decidir pensando en Colombia, sin tratarnos como enemigos por pensar distinto.
Quiero una Colombia justa, unida, sin odios de clase y donde todos quepamos. Donde la ideología no pese más que la vida, ni las redes más que los colombianos de carne y hueso.
Porque, por encima de cualquier diferencia, Colombia es lo que nos une.
No pinto un país perfecto ni de cuento. No hablo desde la ingenuidad, sino desde la esperanza y la responsabilidad. Colombia tiene heridas, problemas profundos y deudas enormes. Pero también talento, regiones maravillosas, gente trabajadora y una enorme capacidad de salir adelante.
Ese país no aparece por magia. Se construye. Se defiende. Se elige.
Por eso, antes de votar, hay un ejercicio indispensable: escuchar propuestas claras y estudiarlas con juicio. Solo así sabremos quién se acerca a ese país y responder lo esencial: ¿qué Colombia queremos dejarles a las siguientes generaciones?
Cuando uno responde esa pregunta de verdad, el voto deja de ser rabia, moda o camiseta política. Se vuelve responsabilidad.
Mi voto nace de una idea de país: el que quiero para mis hijos y quienes vienen.
Ese es el país que quiero. Y desde ahí voy a decidir.