Ser o no ser emprendedor

María Fernanda Hernández - mariaf@priscilalab.com

Tuve esta semana una charla con una cliente que sueña con montar una empresa. Lleva años pensándolo, es un emprendimiento sobre un tema que le apasiona y en el cual podría aprovechar su experiencia profesional. Sin embargo, no ha tomado la decisión, y la razón es muy simple, tiene un gran empleo, estabilidad y posibilidades de crecimiento. Es consciente que aún si su empresa lograra sobrevivir los primeros cinco años, ella seguramente no tendría ingresos durante los primeros dos a tres años.

Y no se equivoca, un estudio reciente muestra que 20% de los nuevos emprendimientos no sobreviven el primer año, el tercer año es con frecuencia cuando se acaba la financiación propia y 40% de los emprendedores se ven obligados a cerrar. El 60% de las nuevas empresas habrán cerrado sus puertas para el sexto año de existencia.

Tomar la decisión de perseguir sus sueños y abrir una empresa requiere una disposición al riesgo, riesgo financiero, profesional, social y una alta tolerancia a la incertidumbre. Es normal entonces que los emprendedores tiendan a tener confianza en sus capacidades e ideas y a ver el vaso siempre medio lleno.

Esto resulta frecuentemente en que el emprendedor sobreestima la aceptación de sus productos, cree que el mercado entenderá su visión rápidamente y comprará su producto. Pero en realidad la adopción de una nueva propuesta depende de si se está resolviendo un problema, siguiendo una tendencia de mercado o encontrando oportunidades desatendidas. El grado de madurez del mercado dicta la velocidad de adopción de una innovación, los clientes pueden procesar y comparar intuitivamente una extensión de productos existentes, mientras que un invento pionero en su campo requiere un tiempo de educación y asimilación que dilata el proceso.

Hay también quienes subestiman los tiempos de puesta en marcha de la propuesta, confían que todo saldrá como está planeado y esa casi nunca es el caso. La realidad de la aceptación, los obstáculos y complejidades no se conocen hasta salir al mundo a testear los conceptos y emprender la ejecución. Se debe empezar a ofrecer los productos o servicios cuanto antes, observar y escuchar atentamente para corregir el curso y hacer cuantas iteraciones se requieran. El tema es reaccionar rápido, no encerrarse a planear sin ejecutar pues el papel aguanta todo.

Otra falla frecuente es no caer en cuenta que todo emprendedor está automáticamente en ventas. Su labor principal en esos primeros años es vender, venderle su idea a sus colaboradores, a socios potenciales, a los clientes. Es el fundador el vendedor más importante, pues es el único que entiende a cabalidad el concepto que se está promoviendo. Su visión es el motor que puede sacar adelante su empresa y debe ser generoso y hábil en compartirla.

Más de la mitad de las empresas cesan operaciones por falta de utilidades o financiación. El emprendedor tiene que hacer cuentas y ser realista con respecto a las necesidades de capital para los primeros tres a cuatro años de su empresa, así como las fuentes de financiación disponibles a su disposición.

Parece que no hay atajos, las tasas de supervivencia de emprendimientos no han cambiado en los últimos 25 años, ni las recesiones económicas afectan estas cifras. Pero quien es emprendedor no puede resistir la tentación de arriesgarse así que mi consejo es hagan números y conviertan las fallas en aprendizajes, fallar y persistir, tarde o temprano encontrarán la manera de vivir su propósito.

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