Analistas 06/02/2026

Del crédito especulativo al crédito cooperativo

María José Navarro
Superintendente de la Economía Solidaria

Según la más reciente estimación del Institute of International Finance (IIF), la deuda global -de gobiernos, empresas, hogares y sector financiero- alcanzó alrededor de US$345,7 billones en 2025, lo que equivale aproximadamente a 310% del PIB mundial.

Esto significa que, en términos agregados, la suma de todas las obligaciones de deuda del planeta es más de tres veces mayor que la producción total anual de bienes y servicios (PIB) que genera la economía mundial.

En otras palabras, que más o menos tres de cada cuatro dólares que circulan en la economía global no existen en términos reales: son crédito.

Si se piensa de cierta manera, este es uno de los datos más alarmantes de la economía moderna, pues no es más que un síntoma inequívoco de lo insostenible que, a largo plazo, resulta el sistema económico capitalista global. La riqueza se crea mediante el trabajo a partir de los recursos naturales, y los recursos, claro, son finitos: el planeta es finito. Esto último lo sabe bien el sector productivo, integrado principalmente por dos clases sociales: una que posee los medios de producción, cuyas rentas se basan en el plusvalor que les dejan los dividendos de las ventas de sus mercancías en el mercado, y otra que posee tan solo su fuerza de trabajo, cuyas rentas provienen exclusivamente del salario, que, en últimas, no es más que una muy pequeña porción -de hecho, cada vez más pequeña en relación con el producto- de la riqueza general creada al combinar los factores productivos.

Pero ya en los albores del capitalismo, en tanto los marcos legales se hicieron mejores y más robustos, los primeros prestamistas dieron cuenta de una manera de aprovechar el mercado para crear una riqueza no material, no basada en la combinación de los factores productivos, sino en la reproducción artificial, vía intereses e incluso de intereses sobre intereses, de la riqueza ociosa obtenida originariamente. Era la especulación.

La banca tradicional puede desnaturalizar la relación entre la productividad y el crédito. En el fondo, ese es el origen de las crisis financieras, puesto que el sistema financiero no se funda sobre la idea del préstamo amortizable con la riqueza futura obtenida, sino en la idea insostenible de constante especulación basada en intereses que terminan consumiendo el producto por completo y llegando a superarlo, más precisamente en una relación de tres a uno, tal como es el estado de la economía mundial actual.

Aristóteles, pese a que nunca vio un rascacielos o un teléfono celular con acceso a internet, se aproximó a esta verdad y advirtió sobre el peligro que significaba.

Es este el concepto de la crematística: la distinción entre una economía productiva, en la que se producen y se adquieren bienes necesarios, y la acumulación ilimitada de dinero por sí misma. Mucho ha dicho sobre esto el presidente Gustavo Petro.

El crédito en sí no es una actividad humana negativa para la economía, ni mucho menos. Lo negativo es la inevitable especulación que propicia en su seno el tener lugar en una economía capitalista que impone la acumulación sobre la justicia social: el dinero sobre la vida. Aquí es donde la economía solidaria es nuevamente un modelo alternativo cuyo éxito ha sido probado.

El problema es que la banca tradicional, inmersa en la lógica de mercado, no encuentra incentivos para otorgar créditos productivos a las comunidades que en realidad lo necesitan, pues los dividendos no se encuentran desnaturalizados del producto y, por tanto, son bajos en relación con los dividendos antinaturales, crematísticos y destructores de la economía que permite la especulación.

Probado está el impacto positivo que el crédito tiene para iniciativas agrarias, las cuales generan riqueza real que mejora la calidad de vida de las comunidades. A esto lo hemos llamado en la Supersolidaria la democratización del crédito.

Entre enero y diciembre de 2025, las cooperativas de ahorro y crédito desembolsaron $1,8 billones en crédito productivo, con un crecimiento de 64% frente a 2024.

La Supersolidaria de este gobierno ha iniciado el camino hacia un nuevo ecosistema financiero solidario, donde la punta de lanza sea el crédito asociativo, el crédito productivo y el crédito agropecuario, y donde las cooperativas, como banca solidaria, puedan llevar el crédito a las regiones.

Por medirse está la elasticidad crédito-productividad en la que devengan estas iniciativas crediticias.

Sin embargo, la experiencia augura un resultado positivo. Y entonces expondremos y probaremos, con la certeza de los datos, que transitar de un modelo de crédito especulativo a uno de crédito cooperativo no solo asegura la inclusión de las comunidades y mejora su calidad de vida, sino que, en últimas, coloca la vida por sobre el capital.

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Deuda - Créditos - Capitalismo