Analistas

¿El salario mínimo arruinará a la economía?

Mario Alejandro Valencia

La respuesta es no. Las reformas que recortaron derechos en las últimas décadas, con el argumento de que con menores costos y cargas las empresas iban a formalizar y crear más empleos, no se cumplieron. Con menores costos y una remuneración al salario cada vez más separada del excedente bruto de explotación, es evidente que la visión microeconómica sobre el trabajo no solo no resolvió, sino que agudizó los problemas estructurales de la economía y lo social.

Que el salario haya sido tratado como un costo a reducir retrasó durante décadas las posibilidades de crecimiento de la productividad, la superación del rebusque y mejorar la supervivencia empresarial. Justamente, la informalidad laboral, herencia de esta visión atrasada, es un espejo de la informalidad empresarial. Se equivocaron quienes argumentaron que a Colombia lo mataba la pereza, cuando es el país de la Ocde que más horas trabaja y uno de los que menos produce en esas horas. Por eso es tan baja la productividad, porque la economía está volcada hacia actividades de bajo valor agregado. Se equivocaron quienes argumentaron que el pobre es pobre porque quiere, cuando 76% de las empresas son unipersonales y ese tejido enclenque no permite desarrollar actividades de alta complejidad.

En ese periodo lo que sostuvo a la economía no fue un modelo exitoso, sino las bonanzas de los precios internacionales de las materias primas y un manejo fiscal orientado a las actividades rentistas, financiado con privatizaciones y 21 reformas tributarias en 30 años. En 2022 recibimos a un país casi sin industria y servicios basados en conocimientos, con una supervivencia empresarial lamentable, un déficit externo escalofriante, salarios paupérrimos, pobreza por millones, alta desigualdad y la concentración de la tierra más alta del planeta. De esto es de lo que se jactan. A quienes entendemos estos procesos no se nos olvida que fueron los que llevaron al estallido social desde 2019, pausado por la pandemia y que se reactivó en 2021. ¿Ocurrió porque el país iba muy bien o muy mal?

Los incrementos de los salarios en 2023 y 2024 desmontaron algunas teorías: se redujo la inflación, la desocupación y la informalidad, y se incrementó la ocupación. Nos hubiéramos podido ahorrar la Ley 789 y la 1607, construidas con argumentos falsos. Hoy la producción, las ventas y la ocupación comienzan a crecer en actividades no extractivas. El turismo, la agricultura, las energías renovables y algunas industrias de valor agregado comienzan a florecer. Crece el consumo de los hogares y tenemos que profundizar el esfuerzo para que esos recursos se gasten en producción nacional, se invierta en incrementar la productividad y se diversifiquen las exportaciones. Todavía falta mucho, no hay duda; la transformación apenas está empezando. Crece el número de empresas nuevas, crece la inversión en maquinaria y equipo, crece el gasto público -también-, pero no es ni 18% del PIB, mientras en EE.UU., el país más capitalista del planeta, es de 23%.

De nuevo vale la pena insistir en que, tanto en el pago de la deuda como de los salarios, el problema no es el numerador, sino el denominador, es decir, el PIB. La transformación productiva en marcha tendrá que seguir buscando que se fortalezca.

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