2026: el año de nuestra elección
Empiezo esta primera columna de 2026 con una certeza incómoda: no recuerdo unas elecciones tan decisivas, ni tan desafiantes, como las que se nos vienen, al Congreso y en primera y segunda vuelta presidencial. Y no lo digo solo como periodista política, ni como editora a cargo de un equipo que tendrá que narrar, verificar y explicar cada movimiento del poder con responsabilidad y rigurosidad. Lo digo, sobre todo, como colombiana. Porque lo que está en juego este año no cabe en un titular ni se resuelve con una consigna fácil.
Cubrir la elección presidencial y de Congreso en 2026 será, profesionalmente, uno de los mayores desafíos de mi carrera. No solo por la polarización que ya se siente en el ambiente, sino por la pugnacidad que se ha normalizado: esa lógica de trinchera en la que todo se grita, nada se escucha y cualquiera que piense distinto es tratado como enemigo. Un terreno hostil para el periodismo, sí, pero aún más retador para una sociedad que parece debatirse entre el cansancio y la rabia.
Porque esta no es una elección más. No es un simple relevo de nombres ni una competencia entre etiquetas ideológicas que ya no alcanzan para explicar la complejidad del país. Reducirlo a eso sería una forma cómoda y peligrosa de evadir la pregunta de fondo: ¿qué tipo de Colombia queremos ser y quiénes están realmente en capacidad de conducirla en medio de la incertidumbre?
Hoy más que nunca necesitamos personas capaces. Con preparación, experiencia y visión de Estado. Con carácter para tomar decisiones difíciles, pero también con la humildad suficiente para reconocer errores. Líderes que entiendan que gobernar no es dividir para vencer, sino convocar para sanar; que sepan corregir el rumbo con severidad cuando se requiera, sin caer en el autoritarismo; que tiendan puentes sin ingenuidad y corten de raíz, sin titubeos ni excusas, las falsas relaciones de la corrupción que tanto daño le han hecho a la confianza pública.
En esta elección no se trata de escoger al que grita más duro, ni al que mejor explota el miedo, el resentimiento o la nostalgia. Se trata de identificar a las buenas personas: aquellas que creen de verdad que la unión hace la fuerza, que conciben el poder como un servicio y no como una revancha, que no avanzan con la soberbia de quien se va derecho sin convocar, sino con la responsabilidad de quien entiende que nadie gobierna solo.
El reto es enorme. Para quienes hacemos periodismo, porque tendremos que resistir la desinformación, las presiones políticas y los ataques, y aun así cumplir con nuestro deber esencial: ofrecer contexto, datos, contrastes y preguntas incómodas. Y para cada ciudadano, porque votar bien exige algo que escasea en estos tiempos: pausa, reflexión, memoria y responsabilidad histórica.
2026 es el año de la elección presidencial y legislativa. Pero, sobre todo, es el año de nuestra elección como sociedad. La de no dejarnos arrastrar por el ruido. La de exigir más y conformarnos menos. La de entender que el futuro del país no se juega solo en la Casa de Nariño o en el Capitolio, sino en la conciencia con la que cada uno decida marcar su tarjetón.
El país no necesita salvadores. Necesita liderazgo decente. Y ciudadanos dispuestos a elegirlo.