El valor de ser periodista
Cuando era niña, veía a los periodistas como héroes. Eran quienes hacían las preguntas que nadie más se atrevía a hacer. Los que se metían donde había miedo. Los que contaban lo que pasaba, incluso cuando incomodaba. No se medía tanto el riesgo porque la sociedad protegía. Los que, por encima de las balas y las bombas, escribían las historias.
Hoy, esa imagen se está rompiendo. No porque el periodismo haya dejado de ser necesario, sino porque se ha vuelto blanco. Blanco de ataques, de prejuicios, de desconfianza, de la polarización, de las redes sociales, de la desinformación y de las trincheras ideológicas que han ido erosionando la credibilidad del oficio y, lo más grave, han ido deshumanizando a quienes lo ejercen.
El asesinato de Mateo Pérez ocurre en medio de ese clima. Un país donde informar ya no solo es difícil, sino peligroso; donde el periodista dejó de ser visto como un puente hacia la verdad para convertirse, muchas veces, en enemigo; donde, desde las más altas esferas del poder, se desacredita, se señala y se cuestiona el ejercicio periodístico, sembrando dudas sobre su legitimidad.
Y aquí hay una responsabilidad que no se puede eludir: la del presidente y los ministros descalificando a la prensa, cuando sugieren que hay agendas ocultas o intereses indebidos, cuando nos califican de Mossad o muñecas de la magia, porque eso ni es real ni es una simple opinión. Marca un tono, un mensaje hostil que, en un país polarizado, se traduce en señalamientos, ataques coordinados, insultos y amenazas. Se legitima la idea de que el periodista es un adversario y no un garante de información.
Así empieza todo. Primero se deslegitima la palabra. Luego se normaliza el ataque. Después, el silencio impuesto ya no escandaliza tanto. Y, en ese camino, un asesinato deja de ser un hecho aislado para convertirse en una consecuencia.
Mateo quería contar lo que pasaba en la Colombia profunda. Quería narrar esas historias que no tienen micrófono, las que incomodan, las que rompen relatos simplistas. Quería mostrar un país que no cabe en discursos ni en las consignas de la paz total. Un país atravesado por la violencia, por el abandono, por el miedo. ¡Y no lo dejaron!
Pero esto no es solo sobre Mateo. Es sobre todos. Sobre lo que estamos permitiendo como sociedad. Sobre la facilidad con la que hemos caído en la trampa de dividirnos también frente a la verdad. De creer que solo es válida la información que confirma lo que pensamos. De atacar al mensajero cuando el mensaje no nos gusta.
El periodismo no es perfecto. Está hecho por personas. Pero su valor está, precisamente, en su diversidad. En la posibilidad de que existan muchas voces, muchas miradas, muchas formas de contar.
Puede que usted no esté de acuerdo con un periodista. Puede que no le guste lo que dice. Pero el derecho de ese periodista a decirlo es, en el fondo, su derecho a estar informado. Porque la libertad de prensa no le pertenece a los periodistas. Le pertenece a la sociedad.
Y cuando se deteriora, cuando se debilita, cuando se ataca, no pierde un gremio: pierde la democracia.
Hoy nos duele Mateo. Pero nos debería doler más. No podemos aceptar que contar historias sea una sentencia de muerte