Hoy, hace cuatro años
Hoy, hace cuatro años, quizá a la misma hora en que usted lee este artículo, arrancaba el empalme entre el gobierno de Iván Duque y el de Gustavo Petro.
En un salón de la Casa de Nariño, dos equipos se sentaban frente a frente. Se reconocían como opositores, con diferencias ideológicas, pero aun así había respeto, fluidez y compromiso. De un lado estaban Aurora Vergara, Carolina Corcho, Mauricio Lizcano y Daniel Rojas. Del otro, María Paula Correa, Víctor Muñoz, Alejandra Botero y el mismo José Manuel Restrepo.
No era nada extraordinario, solo lo esencial, lo que ha marcado la costumbre política: la democracia funcionando. El poder pasando de unas manos a otras sin mayor ruido; un país que funciona por encima de las personas, los egos y los sueños caudillistas de algunos.
Es más, en 2022, el 23 de junio, un día antes de hoy, Duque y Petro se reunieron; hubo sonrisas, un recorrido cordial por la Casa de Nariño y hasta una parada frente a la espada de Bolívar. El ritual completo, con el mensaje correcto: el sistema funciona y las reglas electorales se respetan.
En ese entonces a Gustavo Petro le bastaron los resultados del preconteo para declararse presidente. No pidió escrutinios épicos. No habló de fraude. No denunció software alterado ni teorías internacionales. Ganó y se declaró presidente con los resultados tal como estaban: un preconteo informativo, informal, no oficial, pero creíble.
Hoy no. Hoy ese mismo sistema es cuestionado. Hoy lo que antes era válido, ahora no le alcanza. Hoy lanzan dudas, sospechas y teorías. Se desgasta, se ahoga, se agobia en una negación de los resultados que, valga decirlo, han sido reiterados por los jueces.
Es que cambió en todo. De hecho, una de las primeras exigencias hace cuatro años durante el empalme fue deshacer el proceso de compra de aviones de combate, todo para concretarlo apenas hace unos meses y ahí sí dejar amarrado a su sucesor.
Pero bueno, una cosa es cambiar de opinión y otra muy distinta cambiar las reglas. Y ahí está el punto. A un demócrata no se le mide cuando gana. Se le mide cuando pierde. Cuando las reglas ya no le favorecen. Cuando tiene que decidir si cree en el sistema o solo en los resultados cuando le favorecen.
Ahora permítanme cerrar diciendo algo que va más allá del análisis político, desde una consideración más personal.
Hoy, viendo el camino recorrido, me queda una sensación de desconcierto, e incluso de pesar, por el Petro que se va. No como figura política, sino como alguien que termina su ciclo mucho más solo de lo que empezó, atrapado en una confrontación permanente en casi todos los frentes, incluso con aquellos que hicieron posible su ascenso.
Sale con menos amigos, atrincherado al lado de los más radicales, con una familia desbaratada, bloqueado en el mundo por entrar en la lista Ofac, con el reclamo de muchas figuras de izquierda por desaprovechar la oportunidad histórica de llegar al poder, e incluso aislado desde la misma campaña de quien pretendía ser su heredero, pues allí muchos creyeron que le hacía daño al candidato.
Que sirva de lección reiterada: el poder es efímero, pero la historia, que siempre cobra, no recuerda a los que ganan; recuerda a los que supieron gobernar. Ahí es donde se separan los demócratas de los que solo posaron de serlo.