Analistas 20/05/2026

La campaña que la rompió

Maritza Aristizábal Quintero
Editora Estado y Sociedad Noticias RCN

La campaña que la rompió a Colombia. Porque esta, la del 2026, no es una campaña difícil; es una campaña sucia hasta la podredumbre.

No es solo la dureza del debate, que es natural en democracia; es la degradación del lenguaje, la banalización del insulto y la sustitución de las ideas por ataques personales lo que está marcando estas semanas previas a las elecciones. Esto ya no es confrontación política: es una pelea de trincheras donde el objetivo no es convencer, sino destruir.

El enfrentamiento entre las campañas de Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia es, quizás, el ejemplo más evidente de ese deterioro. Lo que comenzó como una disputa por el liderazgo dentro de un mismo sector político terminó convertido en una escalada de agresiones, videos insinuantes, acusaciones cruzadas y estrategias digitales diseñadas para desacreditar al otro.

En distintos momentos hemos visto cómo los debates se desvían hacia acusaciones personales, señalamientos sin contexto y episodios que rápidamente escalan en redes sociales, convirtiéndose en tendencias que alimentan la confrontación en lugar de la reflexión, como si cada controversia fuera una oportunidad para incendiar el ambiente y no para aclarar posiciones. Y así, entre declaraciones cruzadas, respuestas airadas y estrategias diseñadas para golpear al adversario, se ha ido instalando un clima en el que el ruido pesa más que las propuestas y donde la política parece avanzar no por la fuerza de las ideas, sino por la capacidad de herir al otro.

El resultado es devastador. Los ciudadanos han dejado de ser votantes para convertirse en barras bravas. En redes sociales, y cada vez más en la vida real, vemos cómo se replica el mismo tono agresivo, insultos y descalificaciones. Se organizan como jaurías digitales que persiguen al que piensa distinto y ahora, peor aún, al que piensa igual pero vota distinto.

La política dejó de ser un espacio de deliberación para convertirse en un campo de batalla emocional. Y lo más grave es que esto no termina el día de las elecciones.

Colombia está entrando a una segunda vuelta -si la hay- con heridas abiertas, resentimientos acumulados y una sociedad profundamente fragmentada. No hay garantías de que esos odios se desactiven. Por el contrario, todo indica que podrían profundizarse. Porque cuando una campaña se construye sobre la desconfianza, el miedo y el ataque, el gobierno que sigue hereda exactamente eso: un país dividido. Y ese es el verdadero riesgo de esta elección. No quién gane, sino en qué nos estamos convirtiendo mientras elegimos.

Colombia está cruzando una línea peligrosa: la de normalizar la violencia simbólica en la política, la de aceptar que todo vale, la de creer que el fin justifica cualquier medio.

Pero ojo: cada insulto que hoy se lanza desde una campaña, cada mentira que se viraliza, cada ataque personal que se celebra, va erosionando algo mucho más profundo que una candidatura. Acá se trata de la confianza, de la armonía mínima para vivir en sociedad. Y sin esa confianza, no hay gobierno que aguante ni democracia que resista.

Gane quien gane, Colombia no saldrá bien de esta elección. La pregunta es si, después del 31 de mayo o el 21 de junio, seremos capaces de reconstruir lo que esta campaña está rompiendo.

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