Periodismo, las historias que censuramos
Es difícil escribir estas líneas sin que se quiebre algo por dentro. No es solo indignación: es tristeza. Una tristeza profunda, silenciosa, que recorre las redacciones, los sets, los pasillos donde tantas soñaron alguna vez llegar.
Soy mujer, soy periodista y me he hecho a pulso en este oficio. Por eso duele tanto escuchar lo que varias colegas han tenido el valor de denunciar: acosos, abusos, condicionamientos disfrazados de oportunidades, una violencia de género que se volvió paisaje y que creció, peligrosa, bajo el manto del silencio.
Duele como mujer, pero sobre todo como periodista. Porque esas historias nunca debieron censurarse. Porque esas miradas incómodas, comentarios fuera de lugar, rumores que corrían en voz baja debieron haberse gritado desde hace años.
Hablar hoy es romper esa cadena. También hablo desde un lugar que reconozco: el privilegio. Llevo casi 20 años en Noticias RCN, una empresa que me vio llegar siendo muy joven e inexperta y que me abrió las puertas sin condiciones distintas al trabajo, al rigor y al compromiso. Una empresa donde, ante cualquier denuncia, ha habido correctivos claros e inmediatos. Recuerdo un caso puntual en el que un compañero fue apartado por denuncias de maltrato intrafamiliar. Podría haberse considerado un asunto privado, pero no lo fue. La solidaridad fue con la víctima. Y ese mensaje importa.
Por eso, al escuchar lo que han vivido otras colegas, no puedo evitar pensar que mi historia pudo haber sido distinta. Que, de haber empezado en otro lugar, quizá también habría sido vulnerable a esas dinámicas de poder que hoy quedan al descubierto. Y ahí es donde la tristeza se vuelve colectiva. Porque muchas de las mujeres que hoy denuncian lo hacen señalando a figuras que alguna vez admiramos. Hombres poderosos, referentes del periodismo, en espacios que son el sueño de cualquier estudiante.
Que esto esté saliendo a la luz es doloroso, sí. Pero también es necesario. Por eso también reconozco que Caracol Televisión haya tomado la decisión de someterse al escarnio público, privilegiando a las mujeres y sus historias por encima de la reputación. Abrieron una puerta no solo para sus periodistas, sino para muchas otras en otras redacciones. Así que gracias.
Es el inicio de algo distinto: el fin de la ley del silencio. El comienzo de una cultura donde la denuncia no sea una condena para quien habla, sino para quien agrede. Hoy, al menos, hay algo que empieza a cambiar.
Pero esta conversación no puede ser selectiva. La misma indignación que hoy sacude a los medios privados debe aplicarse a todos los escenarios. No puede ser que el director del sistema público de medios, Hollman Morris, acusado de abuso, acoso y violencia de género, siga en su pedestal, intocable y legitimado por el mismo presidente que trata a las mujeres de “muñecas de la mafia”, “princesas de la oligarquía”, “animal de carroña” o “vampira”.
A todas las mujeres, a todas las colegas que han callado o que están dudando si hablar: les creemos. Las escuchamos. Las acompañamos. Nuestros micrófonos, nuestras palabras y nuestros corazones están abiertos y al servicio de ustedes.
Este oficio, que tanto amamos, no puede seguir siendo territorio de miedo. No puede el periodismo significar la censura para alguna mujer. Esa verdad, que tanto defendemos, tiene que arrancar por contar la verdad propia.