Analistas 27/05/2026

¿Votamos para elegir o para odiar?

Maritza Aristizábal Quintero
Editora Estado y Sociedad Noticias RCN

Esta campaña no pidió solo votos. Pidió rabia. Y se la entregaron. Se jugó, no a convencer, sino a destruir. La rabia fue el combustible más rentable: más que las propuestas, más que los programas, más que cualquier cifra. Sirvió para simplificar el país en dos bandos, para borrar matices, para volver sospechoso al que duda y enemigo al que contradice. Una emoción eficaz: moviliza rápido y no exige demasiado.

Se caricaturizó al contradictor, o al que es medio o mínimamente diferente, hasta hacerlo irreconocible. Y así, poco a poco, se fue instalando una lógica donde discutir dejó de ser posible y lo único que queda es imponer.

El resultado está a la vista: votantes convertidos en barras bravas, discusiones que ya no buscan entender sino anular y una conversación pública donde la grosería y el insulto dejaron de escandalizar. En ese ambiente, votar deja de ser una decisión razonada y empieza a parecer una descarga pasional.

Porque sí, hay enemigos evidentes: la abstención, que sigue dejando al país a medias; la compra del voto, que convierte la necesidad en obediencia; y la compra de la conciencia, más sofisticada, que amarra la libertad a beneficios y subsidios. Pero hay otro enemigo que creció sin resistencia: la normalización del odio.

Por eso, en esta primera vuelta se pone a prueba algo más que la capacidad de elegir. Tenemos que recordar algo como votantes: el lunes no desaparece nadie ni el país se reorganizará por tribunas. Los candidatos que pasen a segunda vuelta o el presidente que gane en primera será el mismo para quienes lo celebran y para quienes lo resisten. Y tocará vivir bajo esas decisiones juntos, no en burbujas.

Y a los políticos, una advertencia que suele ignorarse: la rabia es útil para ganar, pero es un pésimo cimiento para gobernar. Si solo se alimentó a las propias barras y se incendió al resto, lo que viene será una legitimidad desgastada.

Y además, dentro de cuatro años los políticos pasarán, como siempre. Pero la manera en que nos enseñaron a tratarnos puede quedarse. Y si se queda, ningún resultado electoral va a ser suficiente para sostener este país.

Tal vez el punto más incómodo es aceptar que no todo es culpa de las campañas. Algo de esa rabia encontró terreno fértil en nosotros. En la facilidad con la que repetimos sin verificar, en la rapidez con la que descalificamos sin escuchar, en esa tentación constante de sentirnos moralmente superiores frente al que piensa distinto. La política exacerbó esas pulsiones y, si no hay un esfuerzo consciente por desmontarlas, van a seguir operando incluso cuando se apaguen los micrófonos de campaña.

Como sociedad, el reto no es menor: volver a hacer espacio para el desacuerdo sin que eso implique ruptura. Recuperar la conversación como un lugar posible y no como un campo de batalla.

Entender que la democracia no se agota con un voto, sino que detrás viene lo más importante: la capacidad de convivir. Votar este domingo no es solo marcar un tarjetón. Es decidir si seguimos jugando a escalar el enojo o si, al menos por un momento, intentamos salir de él. Porque acá podremos sobrevivir a malas campañas, pésimos estrategas y nefastos mensajes; lo que no vamos a resistir es que ese relato de odio y desprecio se nos instale en el trato diario.

TEMAS


Elecciones - Elecciones 2026