Analistas 06/02/2026

Cómo se entregan las democracias por desorden político

Mauricio Olivera
Vicerrector Administrativo y Financiero UniAndes

Venezuela ofrece una lección incómoda para quienes creen que el poder se define solo en las urnas. En abril de 2002, Hugo Chávez -ya presidente- fue detenido tras una escalada de protestas, fracturas militares y decisiones políticas improvisadas. La noche del 11 de abril fue sacado del Palacio de Miraflores, trasladado a instalaciones militares y mantenido bajo custodia hasta la madrugada del 14. Durante cerca de 48 horas, el país quedó suspendido en una escena de vacío institucional que terminaría fortaleciendo, paradójicamente, al líder que se buscaba sacar del poder.

Ese episodio suele narrarse como un golpe fallido porque Chávez tenía poder: respaldo popular, influencia sobre sectores clave de las Fuerzas Armadas y un liderazgo carismático difícil de reemplazar. Todo eso es cierto. Pero hay una verdad menos cómoda: el fracaso también se explica por la profunda desorganización de la oposición venezolana. En menos de dos días convivieron un presidente electo detenido, un presidente autoproclamado, un vicepresidente constitucional bloqueado y múltiples actores -empresarios, sindicalistas, políticos y militares- creyéndose decisores. No hubo hoja de ruta, ni liderazgo común, ni un acuerdo mínimo sobre qué hacer con el poder.

Pedro Carmona se proclamó presidente y, en un solo decreto, disolvió los poderes públicos y suspendió la Constitución. Con ello rompió el frágil consenso opositor. Sectores que habían acompañado la salida de Chávez no estaban dispuestos a avalar una ruptura tan abrupta del orden institucional. Parte de los militares se replegó, otros dudaron y el respaldo internacional nunca llegó. En ese caos, el retorno de Chávez se convirtió, para muchos, en la opción menos desordenada. La oposición no perdió porque Chávez fuera invencible; perdió porque confundió sacar a un presidente con saber gobernar sin él.

La lección importa hoy en Colombia. Las encuestas para las elecciones presidenciales de 2026 muestran que la izquierda cuenta con una base electoral cercana a 30% del electorado. No es una mayoría automática, pero sí un punto de partida sólido. Frente a ello, la oposición aparece fragmentada en una larga lista de precandidatos, con discursos dispersos y sin una estrategia clara de convergencia. Cada quien compite por su espacio, como si el problema fuera solo diferenciarse del vecino ideológico más cercano.

Este episodio de Venezuela recuerda que la política no se gana únicamente sumando inconformidades. Se gana organizando mayorías. Una fuerza puede perder aun teniendo razón si no logra coordinarse, y otra puede ganar sin ser mayoritaria si enfrenta a un adversario dividido. En 2002, la desorganización opositora facilitó el regreso de Chávez y abrió el camino para la posterior concentración de poder. En Colombia, la pregunta no es solo quién lidera hoy las encuestas, sino quién será capaz de construir una coalición coherente mañana.

Ignorar esa lección sería un error costoso. La política comparada muestra que las derrotas más evitables no provienen del exceso de poder del adversario, sino de la incapacidad propia para ordenarse. Venezuela ya recorrió ese camino. Colombia aún está a tiempo de escoger otro.

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