Analistas

Indiferencia que contamina

Maximiliano Rodríguez Fernández

Recorrer las calles bogotanas a altas horas de la noche o en la madrugada permite observar, más allá del caos del día, las falencias estructurales de una ciudad y de una sociedad en decadencia, incapaz de solucionar problemáticas básicas o de proveer el bienestar necesario para sus habitantes.

Y aunque el recorrido permite igualmente evidenciar la belleza oculta de la ciudad, aquella que se revela ante la pausa nocturna del caos, lo cierto es que son más los aspectos negativos que el ciudadano nocturno encuentra: la inseguridad, propia de una ciudad sin policías, pues, como ocurre durante el día, también en la noche es difícil encontrarse con alguno de ellos; la falta de señalización y alumbrado, una trampa mortal; y los huecos que parecen taparse quincenalmente, pero que siguen allí.

Sin embargo, lo más preocupante son las condiciones infrahumanas en las que trabajan los recicladores de la ciudad.

Y es que, a pesar de las diferentes órdenes de la Corte Constitucional en la materia (véanse, por ejemplo, las sentencias T-724 de 2003 y T-387 de 2012, mediante las cuales el alto tribunal ordenó la inclusión del gremio en las licitaciones públicas de aseo, el pago por su labor de aprovechamiento y la creación de acciones afirmativas para evitar su marginación), lo cierto es que vivimos en una ciudad en la que le va mejor a los perros en misa.

Un grupo de ciudadanos se ve obligado, en las recias condiciones de la capital, a recorrer decenas de kilómetros cada noche, a la intemperie y, muchos de ellos, cargando una carreta, algo que ya no les permitimos siquiera a los caballos desde 2014, cuando se prohibió la circulación de vehículos de tracción animal, para realizar una labor, el reciclaje, que solo sacamos del olvido para culparlos a ellos, los recicladores, de los problemas de inseguridad o de basuras que se viven en nuestras calles.

Y es que, para la gran mayoría de los bogotanos, la imagen de un reciclador transitando por la ciudad con su familia y, en muchos casos, con menores de edad, solo representa una amenaza. Vivimos en una ciudad que perdió la sensibilidad para reconocer el dolor ajeno, las dificultades por las que atraviesan miles de sus habitantes y la necesidad de exigir soluciones reales a unos gobernantes para quienes el ser humano no es más que un instrumento electoral para llegar al poder.

No podemos seguir viendo a los recicladores como parte del paisaje nocturno, como una presencia incómoda que preferimos ignorar o como los responsables de los problemas que la propia ciudad ha sido incapaz de resolver. Detrás de cada carreta hay una persona, una familia y una historia marcada por jornadas extenuantes, precariedad y exclusión. Su trabajo, además de honesto, presta un servicio ambiental indispensable para todos.

La manera en que los tratamos revela, en buena medida, el tipo de sociedad que hemos decidido construir.
Es urgente volver a verlos: reconocer en cada reciclador a un ciudadano, a un trabajador y a un ser humano que merece respeto, protección y oportunidades reales. Sensibilizarnos frente a sus problemas no es un acto de generosidad, sino una obligación moral. Porque el grado de civilización de una ciudad no se mide únicamente por sus edificios, sus vías o sus discursos ambientales, sino por la dignidad con la que trata a quienes realizan sus labores más duras, necesarias e invisibles.

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