Tomar partido
martes, 26 de mayo de 2026
Maximiliano Rodríguez Fernández
No son unas elecciones normales. La situación política y social del país atraviesa una profunda crisis, que se ha extendido a nuestras instituciones y a nuestro marco jurídico por los constantes ataques del actual gobierno. Nunca en la historia del país el enemigo del Estado se había alojado en sus propias habitaciones; nunca habíamos dormido con el enemigo tan cerca. Es una crisis que muchos quieren mantener para justificar sus mentiras y mensajes populistas.
Una tormenta perfecta en el marco de un proceso electoral que refleja el camino lúgubre por el que atravesamos. Son unas elecciones en las que se decide el futuro del país, no el cercano, de tan solo cuatro años -como pensaron los venezolanos cuando eligieron a Chávez y a sus secuaces-, sino el lejano, de décadas, como terminó ocurriendo en Venezuela. Un futuro que, si se cumplen los deseos del presidente y de sus seguidores, estará marcado por el desconocimiento de los valores, principios y derechos que se han consolidado con nuestra Constitución. Un futuro en el que el estatalismo ineficiente que propone mantener el gobierno y su candidato, el desconocimiento de la ciencia y la educación, así como la restricción de nuestros derechos, serán el pan de cada día.
Se trata, además, de un contexto particularmente complejo para un país que ha mostrado carencias en los valores sociales y políticos necesarios para elegir correctamente. Una sociedad afectada por déficits en educación y en conciencia social para escoger al mejor. Un escenario en el que la compra de votos -particularmente con recursos públicos- y la abstención terminan determinando los resultados electorales. Un escenario en el que más de 40% de los colombianos decide dar la espalda al país y permite que una pequeña mayoría determine nuestro rumbo como sociedad.
En este contexto, los colombianos no podemos ser nuevamente ajenos a la realidad. No podemos permitir que las prácticas corruptas del aparato estatal vigente determinen quién nos liderará en los próximos cuatro años -y, probablemente, al precipicio-. No podemos dejar que el discurso populista, lleno de resentimiento y falacias, transforme nuestro Estado de derecho, nuestra institucionalidad y deforme aún más nuestros valores. Los colombianos debemos tomar partido, decidir nuestro futuro y arrebatarles a los corruptos la posibilidad de extender su reinado.
No tenemos excusas: las opciones son variadas. Desde el extremismo populista de izquierda, que promete subsidios y presenta al Estado como solución a todos nuestros males -para engañar a sus seguidores-; pasando por la moderación de un centro que parece hibernar, dormido o distraído, en un letargo que hace a muchos dudar de su existencia; hasta una derecha moderada que parece haber entendido -o eso pretende mostrar- que los fenómenos sociales de las últimas décadas deben ser el epicentro y la razón misma del funcionamiento del Estado.
Una derecha que realmente cree en la mujer, en su fortaleza y en su capacidad para liderar como eje fundamental del éxito de nuestras organizaciones. Una que ha entendido que la mujer no es un recurso electoral que se utiliza indiscriminadamente cada cuatro años para luego ser olvidada o descartada. Una derecha que cree en la igualdad, que no discrimina y que demuestra que el diálogo y la inclusión no son conceptos exclusivos de una izquierda que, en muchos casos, ha utilizado a las minorías como instrumento político. Una derecha que tiene el compromiso de rehacer el Estado, de ponerlo al servicio de los colombianos; un Estado capaz de generar las condiciones de confianza necesarias para permitir que el país crezca de la mano de su aparato productivo; un Estado que promueva la generación de empleo estable y digno.
Decidamos. Tomemos partido. Hagámosle un favor al país. Demostremos a las nuevas generaciones que podemos dejarles un mejor camino. No permitamos que otros decidan por nosotros. No vivamos la vergüenza de tener que contarles a nuestros hijos que, por apatía u orgullo, permitimos que otros nos condujeran hacia un salto al vacío que podíamos haber prevenido.