Un caos normalizado
miércoles, 10 de junio de 2026
Maximiliano Rodríguez Fernández
La tradición oral sostiene que existió una época en la que los bogotanos -entendiendo como tales quienes habitamos la ciudad- evidenciaban niveles aceptables de urbanidad y civismo. Se trataba de un periodo en el que el respeto por las normas y la tolerancia constituían la regla general; en el que las instituciones distritales comprendían la necesidad de promover la autoridad, la cultura ciudadana y el respeto por la ciudad como pilares esenciales para una convivencia armónica. En los colegios se impartía formación en ética y convivencia, y el Manual de urbanidad y buenas maneras de Manuel Antonio Carreño era lectura obligatoria. Hoy, esa época parece más una leyenda que una realidad.
En la Bogotá del siglo XXI resulta difícil encontrar un ciudadano que no perciba que vivimos inmersos en el caos; que sobrevivimos en una urbe donde el desorden, la intolerancia y la violencia predominan. Este caos se manifiesta en la basura que se acumula en las calles, producto de unos bogotanos que nunca comprendieron ni aceptaron el sistema de aseo diseñado para la ciudad -e incluso se dedicaron a destruir los equipos destinados a su implementación-. Se refleja también en un sistema de transporte que ha normalizado a unos colados cuya lógica los lleva, inclusive, a retar a la autoridad. Un caos que se nutre de la precariedad de la señalización y el alumbrado de unos andenes y vías deterioradas e inseguras, y de unas obras que parecen interminables. Características propias de una ciudad con ciudadanos y administraciones que no han estado a la altura de sus desafíos. Los esfuerzos -ya relegados al olvido- del profesor y exalcalde Antanas Mockus por fomentar la cultura ciudadana quedaron atrás, y hoy los bogotanos parecen haber normalizado el caos.
Una ciudad en la que los motociclistas circulan como hienas en clanes para los que no existen el orden ni las normas -y cuya agresividad los hace inmunes al actuar de una autoridad que poco o nada hace para controlarlos-; una en la que peatones, conductores y ciclistas desconocen las normas y la señalización de los andenes y vías que transitan. Una urbe en la que el desorden se favorece de policías que transitan rampantes con sus motos por los andenes de la ciudad; desorden al que también contribuyen los escoltas de una clase política que se cree dueña de nuestras calles. Normalizamos también una ciudad en la que los violentos, disfrazados de estudiantes y avivados -o patrocinados- por el régimen de izquierda que padecemos, bloquean día a día nuestras vías, a la vez que avanzan en la destrucción de unas infraestructuras que, por ser producto de gobiernos de centro o de derecha, merecen ser vandalizadas. Nuestra falta de amor por lo propio, por nuestra ciudad, se expresa día a día.
Con el panorama planteado, no nos queda nada distinto a cambiar el rumbo y construir las bases para que la tolerancia y el respeto por nuestra ciudad, y por nosotros mismos, se conviertan en el eje central de nuestras vidas. Es hora de que nuestros colegios y universidades retomen la educación cívica como punto de partida de la formación ciudadana: una educación enfocada en el humanismo, la capacidad de sensibilizar a nuestros habitantes sobre el respeto, la tolerancia y la ética del cuidado como ejes fundamentales de nuestra convivencia.
Ya es hora también de que las instituciones del distrito diseñen y ejecuten, siguiendo el ejemplo de ciudades como Medellín, políticas públicas sólidas y duraderas en la materia, consistentes con las necesidades de la ciudad; que se fortalezca y sensibilice el pie de fuerza de nuestra policía y que se la dote de los elementos necesarios para que prevalezca sobre los violentos. Que nuestros gobernantes sirvan de ejemplo, que generen en los habitantes de la ciudad la confianza y el respeto que otorgan verdaderamente la autoridad. Hagamos de nuestra ciudad una en la que el caos, la intolerancia y la violencia sean parte de la leyenda.