Analistas 29/10/2026

Ayuno informativo

Natalia Zuleta
Escritora y speaker
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Cuando hablamos de ayuno, casi siempre viene a nuestra mente una práctica de gran demanda y sacrificio. Es quitar algo drásticamente de nuestras vidas para generar un vacío y, a través de este, propiciar una transformación. Históricamente, diferentes religiones han hecho del ayuno una práctica sagrada, como ocurre durante el ramadán o la Cuaresma. Es decir, el ser humano siempre ha sentido la necesidad de renunciar temporalmente a ciertas cosas para explorar los cambios que esto puede producir en su vida.

Esta semana empecé un ayuno especial para equilibrar mi energía y mis chakras desde una perspectiva espiritual. Pero esta experiencia poco a poco se convirtió en una depuración de muchas otras cosas que, empecé a reconocer, estaban llenando mi vida de peso y distracciones. Representó un cambio importante en mi alimentación, pero también en mis rutinas. Curiosamente, esto me ha permitido volver al mindfulness y a la meditación como prácticas que cobran sentido en diferentes espacios de la vida.

El primer paso es tomar conciencia del cuerpo y sus sensaciones. Un ayuno se convierte en una especie de lente amplificador que nos obliga a sentirnos, pero de allí parte también la identificación de nuestros pensamientos. Actúa como una pausa, un cambio repentino y una renuncia temporal a algo para ganar claridad y conciencia. Es un proceso incómodo que nos confronta y nos lleva a cuestionar muchas cosas. Pero también representa una oportunidad para mirarnos en medio de la dificultad.

Mi reacción inicial fue de resistencia. Quería renunciar. Pero me senté a pensar en lo que había logrado y comprendí que, más allá de un cambio alimenticio, también necesitaba revisar mi mente y preguntarme qué estaba consumiendo y qué necesitaba dejar de consumir.

La meta era también hacer un ayuno de información. Y creo que esta puede ser una de las prácticas más valiosas para recuperar nuestro equilibrio mental. Es una especie de higiene de la mente en la que vamos desvaneciendo esas capas pesadas que nos cubren: lo que vemos en las redes sociales todos los días, nuestros hábitos, la manera como gestionamos el tiempo y los pensamientos que frecuentan nuestra cabeza.

Así como durante determinados períodos de ayuno alimenticio pueden activarse procesos celulares de reciclaje y renovación, cuando reducimos los estímulos informativos es posible experimentar una sensación de mayor claridad y descanso mental. Nuestra mente, sometida a menos distracciones, encuentra mejores condiciones para concentrarse en lo importante. Esto puede ayudarnos a disminuir la sobrecarga cognitiva y el estrés que acompañan nuestras jornadas.

Para mí, lo más difícil no fue dejar el café durante unos días, sino desconectarme de las redes sociales. Esto me hizo pensar en todas las veces que tomo mi celular sin ninguna necesidad, simplemente para revisar las aplicaciones y distraerme de una conversación, de una reunión o incluso de la compañía de mis hijos.

Allí empecé a reconocer que vivimos en un mundo multitasking que nos exige repartir nuestra atención. El mito de que podemos hacer varias cosas al mismo tiempo nos ha hecho mucho daño.

En términos de liderazgo y de vida cotidiana, la alternancia constante entre tareas y distracciones puede elevar nuestros niveles de estrés, afectar el pensamiento profundo, generar fatiga en la toma de decisiones y comprometer nuestra capacidad de concentración y memoria. Piensen ustedes en dos casos típicos. Una madre que se levanta, prepara el desayuno y alista a sus hijos para el colegio mientras piensa cómo organizar su día, confirma las citas médicas y abre Instagram para encontrarse con otras mamás aparentemente más felices que ella o con las noticias del día. O un ejecutivo que se despierta con el celular y lo primero que hace es revisar las noticias y los mensajes pendientes, mientras piensa en sus reuniones, los desafíos laborales y en cómo encontrar tiempo para hacer ejercicio.

Son muchos los ejemplos en los que podríamos vernos reflejados. Pero lo más curioso es que, cuando decidimos desconectarnos, el mundo empieza a reclamarnos que estemos de vuelta. Las aplicaciones nos envían notificaciones y las personas nos escriben por WhatsApp preguntando por qué no hemos contestado con inmediatez. Es como si estuviéramos envueltos en una telaraña difícil de deshacer.

Hemos llegado a normalizar una disponibilidad permanente que pocas veces cuestionamos. Y en medio de tantas exigencias, nuestra atención termina fragmentada entre lo urgente, lo irrelevante y aquello que verdaderamente merece nuestro tiempo.

Lo que sí les puedo decir después de estos días de ayuno consciente de información es que mi mente se siente más descansada. Siento menos ansiedad y he podido recuperar el foco para trabajar en lo importante y llevar mi atención a lo relevante. Esto también implica un mayor disfrute de la vida, una presencia más consciente en el momento y la posibilidad de sentirnos vivos y conectar con los demás.

Tal vez ayunar no sea solamente renunciar a lo que consumimos, sino aprender a elegir lo que dejamos entrar en nuestra mente, en nuestro corazón y en nuestra vida.

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Salud mental - Bienestar