¿Cómo ver el mundo?
martes, 28 de julio de 2026
Natalia Zuleta
Estoy convencida de que viajar cambia la mirada. Estar lejos de casa nos obliga a cambiar de lente, nos abre a la improvisación y, casi sin darnos cuenta, nos invita a reflexionar sobre la vida que llevamos.
Este verano en Nueva York ha sido inolvidable. Ser acogida en el hogar de una amiga lleno de amor y cuidado, compartir tiempo con mis hijos y redescubrir esta ciudad de su mano ha sido uno de los regalos más hermosos que me ha dado la vida. Yo las llamo coincidencias del alma. He sentido como si nuestros corazones vibraran en una frecuencia distinta, una frecuencia de amor, gratitud y apertura. Tal vez por eso creo que viajar es una de las formas más profundas de aprender a mirar el mundo.
Caminar las calles de una ciudad vibrante, descubrir en cada esquina un diálogo entre culturas. Ver en el arte historias que transforman nuestras visiones, ver la majestuosidad de la arquitectura diseñada por el hombre.
Sin embargo, también han sido días de reflexiones inquietantes sobre la realidad. Una realidad que parece cada vez más compleja y difícil de comprender. Fue precisamente esa distancia de mi rutina la que me hizo notar con más claridad cuánto dejamos que las redes interpreten el mundo por nosotros.
Es inevitable revisar nuestro celular y sentirse arrastrado hacia una especie de realidad paralela que termina moldeando nuestra percepción de la vida. Se han convertido en un amplificador del miedo que muchas veces nos desconecta de nuestra propia experiencia. Ese flujo inagotable de información ocupa nuestra atención, inquieta la mente y termina condicionando la manera en que sentimos, pensamos y reaccionamos. Vivimos en un estado permanente de alerta, alimentado por noticias que parecen confirmar, una y otra vez, que todo está mal.
Las redes son un lente oblicuo a través del cual nos hemos acostumbrado a entender el mundo. Y todo lente distorsiona. Allí convive un contenido cuidadosamente seleccionado que, por la propia lógica de los algoritmos, privilegia aquello que despierta mayor impacto: terremotos, incendios, tiroteos, virus que se expanden con velocidad, confrontaciones políticas y un inventario interminable de todas las catástrofes imaginables.
No pretendo restar importancia a esas realidades. Existen y sería irresponsable ignorarlas. Pero también existen miles de historias de bondad, solidaridad, creatividad, amistad y belleza que rara vez alcanzan la misma visibilidad. Nuestra relación con la realidad siempre ha estado mediada por las creencias y los relatos compartidos. Hoy, sin embargo, esos relatos son construidos, en gran medida, por algoritmos que terminan enseñándonos -casi de manera subliminal- cómo interpretar el mundo. Y eso merece, por lo menos, una pausa para reflexionar.
Durante estos días comprendí también que aquello a lo que prestamos atención termina moldeando nuestra experiencia de vida. Nuestra atención alimenta emociones, y esas emociones terminan guiando nuestras decisiones. Pensé mucho en una frase que les he repetido a mis hijos durante este viaje: todo lo que damos al mundo regresa a nosotros. Algunos lo llaman karma. Yo prefiero verlo como una forma de relacionarnos con la realidad. Porque siempre tenemos la posibilidad de elegir desde qué lente queremos mirar la vida, qué emociones queremos cultivar y qué creencias queremos fortalecer.
Quizá por eso viajar tiene un efecto tan transformador. Nos aleja, por unos días, del ruido cotidiano y nos devuelve la capacidad de observar con mayor claridad. Caminando por las calles de Nueva York encontré conversaciones espontáneas, gestos de generosidad entre desconocidos, músicos llenando de vida una esquina, familias riendo, amigos compartiendo una comida y personas disfrutando simplemente de estar presentes. Nada de eso ocupaba los primeros lugares de mis redes sociales. Sin embargo, estaba ocurriendo frente a mis ojos.
Creo que el mundo siempre será mucho más grande, más complejo y también mucho más esperanzador que el algoritmo que intenta explicárnoslo. Tal vez viajar no solo sirva para conocer otros lugares, sino para recordar que la realidad sigue estando ahí, esperando ser vivida, disfrutada plenamente y no únicamente consumida desde una pantalla.
La forma en que vemos el mundo termina siendo la forma en que elegimos vivir en él. Yo elijo la posibilidad, la esperanza y la abundancia. Eso es lo que quiero enseñar a mis hijos.