Analistas

Cuando las palabras se vuelven violencia

Natalia Zuleta

Llevo días sintiéndome muy incómoda. Mis emociones no encuentran nombre y se mueven en círculos que rondan la ansiedad y la confrontación. Me encuentro en un estado de “no me hallo” que intento entender y explicar. En lo físico, me agobia un cansancio que sabotea mis rutinas y hábitos más sagrados, como madrugar a meditar y escribir mis tres páginas diarias.

Busco palabras para definir esta sensación compleja, pero parece como si también ellas se hubieran agotado en los últimos días de tanto ruido, controversia, saturación de discursos e información.
Tal vez la única explicación que encuentro es el temporal de mensajes ocasionado por la época electoral. En el silencio observo un fenómeno que tiene mucho que ver con nuestra realidad contemporánea: la palabra se convierte en un arma poderosa que hiere, divide, confunde o busca arrebatar el juicio.

Lo digo porque, desafortunadamente, en una era en la que todos podemos multiplicar mensajes, terminamos convertidos en potenciales soldados de ejércitos de opinión o defensores de causas desaforadas que muchas veces nos hacen perder la capacidad de pensar con claridad.

Lo más inquietante de las redes sociales no es únicamente la dependencia que hemos desarrollado hacia ellas. Es que se han convertido en enormes repositorios de información donde conviven tanto lo mejor como lo peor de nuestra condición humana. Lejos de cualquier frontera, son espacios abiertos para debatir, confrontar, confundir, insultar, exagerar o mentir. Un escenario donde los impulsos encuentran pocas barreras y donde las emociones suelen viajar

más rápido que los argumentos. Byung-Chul Han advierte que vivimos expuestos a una economía de la atención que premia la indignación. Cuanto más fuerte es el mensaje, más se comparte. Cuanto más polariza, más visible se vuelve. Y quizás allí radica parte del problema.

El lenguaje es ese vínculo vital que nos permite habitar el mundo, convivir con otros y crear realidades compartidas. Marshall Rosenberg advertía que las palabras pueden convertirse en ventanas que nos ayudan a comprender al otro o en muros que nos separan de él. Tengo la sensación de que hemos transformado el lenguaje en una herramienta permanente de confrontación y animadversión. En lugar de generar comprensión, genera resistencia. En lugar de construir posibilidades, las destruye. Y allí comienza a gestarse un agotamiento colectivo. No me refiero únicamente al cansancio mental. Hablo de algo más profundo. La confrontación permanente activa nuestros mecanismos de alerta y termina instalando una sensación constante de amenaza.

Vivimos preparados para reaccionar, responder o defendernos. Como si cada conversación escondiera una batalla y cada mensaje exigiera tomar posición. Lo siento a flor de piel. Como escritora y comunicadora comprendo la enorme responsabilidad que implica el uso de la palabra en contextos que fácilmente pueden polarizarse. Es como estar expuestos a una sustancia invisible que lentamente deja huellas en nuestra salud emocional. Cuando el lenguaje se convierte en propaganda, las posibilidades del diálogo empiezan a agotarse.

Estoy segura de que para muchos el hogar, la oficina, las reuniones con amigos y los chats familiares se transformaron en escenarios de debate político. Sin quererlo, terminamos invitados a subirnos al ring para defender posiciones, demostrar quién tiene razón o justificar nuestras creencias. Y mientras más discutimos, más difícil parece escucharnos.

En lo personal, desde la primera vuelta decidí convocar el silencio cada vez que la política y el voto aparecían en una conversación. Puedo decir que esta momentánea abstención del lenguaje me regaló una enorme paz. Me convertí en observadora paciente de las discusiones de otros. Y es increíble lo que logras ver desde allí.

Era como asistir a una tragicomedia donde los ánimos se calentaban con facilidad y los mismos argumentos se repetían una y otra vez. Descubrí cuánto de nuestras opiniones pertenece realmente a nosotros y cuánto ha sido heredado, adoptado o repetido sin demasiada reflexión. Por momentos sentí que nos convertíamos en ovejas de distintos rebaños, defendiendo corrales ideológicos que alguien más construyó para nosotros.

Después de tantos días de mensajes, memes, videos, opiniones y contenidos inagotables, solo deseo silencio. No un silencio de indiferencia ni de renuncia, sino un silencio fértil. Uno que nos permita volver a pensar por nosotros mismos. Volver a escuchar antes de responder. Volver a reconocer humanidad detrás de las opiniones. Las elecciones pasarán. Los candidatos pasarán. Las consignas pasarán. Lo que permanecerá será nuestra capacidad -o incapacidad- para convivir con quienes piensan distinto.

Los colombianos merecemos paz. Y no hablo únicamente de deponer las armas. Hablo de una paz que también habite el lenguaje que media nuestras relaciones y que termina permeando nuestra vida cotidiana. Si pudiera, invitaría a todos a una especie de spa mental donde pudiéramos depurar los residuos de la confrontación, relajar nuestros pensamientos y recuperar la claridad.

Tal vez la democracia no se mida únicamente por la libertad de hablar, sino también por la sabiduría de escuchar. Y quizá, en tiempos como estos, callarnos un poco sea la mejor manera de volver a encontrarnos.

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