El arte de enamorarse de uno mismo
viernes, 8 de mayo de 2026
Natalia Zuleta
Este escrito quizá más que una columna: es el testimonio íntimo de uno de mis grandes aprendizajes espirituales. He emprendido viajes profundos a mi interior, navegando entre luces y sombras hasta llegar a rincones de mí misma que nunca había habitado. Y en ese recorrido he entendido que el autoconocimiento es una tarea implícita de la vida, que muchas veces olvidamos en el intento de encontrar la felicidad afuera: en la aprobación de los demás, en el reconocimiento o en aquello que pensamos puede completarnos, desde trabajos perfectos hasta relaciones amorosas. Pero esta felicidad dependiente y superficial suele ser frágil y se corroe fácilmente con la frustración o se destruye cuando las cosas no salen como esperamos. El mundo nos desafía hoy como nunca en lo personal, nos vende versiones prefabricadas de plenitud, casi genéricas y sujetas a ideales lejanos que nos roban identidad. Hemos ido perdiendo autenticidad y la capacidad de vernos y amarnos por lo que realmente somos.
Si has leído estas primeras líneas y te sientes cuestionado, quizás ya estás en un punto de partida invaluable. Porque enamorarse de uno mismo es una de las tareas más heroicas de esta época. Vivimos en un mundo que nos enseña a rendir, competir y agradar, pero no a conocernos ni a habitarnos. Nos enseñan a tercerizar nuestra valía en otros y a depender de la mirada ajena para sentirnos suficientes. Es un camino lleno de sudor y lágrimas, pero también de genuinas alegrías y pequeños triunfos que se convierten en sabiduría. Requiere soledad y silencio, dos estados que hoy en día parecen imposibles, pero que nos acercan a una escucha activa de aquello que sigue vivo dentro de nosotros, esperando a ser descubierto.
Amarse no es narcisismo, sino valentía. Implica sostener conversaciones íntimas con nosotros mismos y reconocer las creencias que nos impiden vernos con claridad. Implica dejar de hablarnos desde la autoexigencia para empezar a elegir conscientemente las palabras con las que queremos construir nuestra vida. También implica reconciliarnos con nuestros errores, aceptar las grietas que nos habitan y hacer las paces con aquellos momentos en los que traicionamos nuestra verdad por complacer a otros.
Carl Jung decía que el privilegio de toda una vida consiste en convertirse en quien realmente somos. Y quizá ahí empieza el verdadero amor propio: en el instante en que dejamos de huir de nosotros mismos.
El amor propio es, en esencia, la base del amor en general. Erich Fromm decía que quien no sabe amarse no puede amar genuinamente a otros. Y creo profundamente en esto. Quien vive en guerra consigo mismo termina proyectando esa batalla sobre el mundo. Por eso a veces me pregunto si gran parte de la crisis humana que vivimos no es, en el fondo, una crisis de amor propio. Porque quien se ama no necesita destruir. Quien se ama no vive desde el miedo. Quien se ama desarrolla empatía, confianza y compasión. Le sobra amor para compartir. Amarnos también implica acciones concretas: dejar de pedir permiso para existir, darnos gusto sin culpa, hacer ese viaje pendiente, cantar a grito herido, escribirnos palabras bonitas y aprender a celebrar quiénes somos incluso en medio de la imperfección. No existe una fórmula perfecta para lograrlo. Cada persona encuentra su propio camino. Pero todos tenemos la posibilidad de comenzar ese viaje en cualquier momento de la vida si existe la voluntad de mirarnos con honestidad. Enamorarnos de nosotros mismos requiere presencia, determinación y deseo. Requiere aprender a mirar hacia adentro con profundidad y permitirnos sentir todas las emociones que nos componen, incluso aquellas que hemos querido esconder. Porque son precisamente nuestras grietas las que muchas veces permiten que entre la luz.
La vida me ha enseñado que el amor no nace afuera. Nace dentro de nosotros. Y desde ahí se expande. Quizá por eso una de las mayores formas de felicidad consiste en aprender a celebrarnos como un proyecto en permanente construcción, como una historia que sigue escribiéndose cada día. Walt Whitman lo expresó maravillosamente cuando escribió: “Me celebro y me canto a mí mismo”. Tal vez ese sea uno de los grandes logros espirituales de la vida: llegar a un punto en el que podamos mirarnos con verdad, con compasión y, finalmente, con amor para celebrarnos. ¿Qué nos falta para ser felices? Amarnos.