El corazón blanco
viernes, 17 de julio de 2026
Natalia Zuleta
Hace unos días vi una historia de una mujer en Instagram a la que nunca conocí. Tenía el rostro golpeado. No escribí un mensaje largo. No sabía qué decir. Solo le envié un corazón blanco y unas manos en símbolo de oración por lo que fuera que estuviera atravesando. Días después supe de su muerte. Desde entonces no dejo de preguntarme cuántas veces hemos visto el sufrimiento atravesar nuestra pantalla y hemos seguido deslizando el dedo como si fuera un contenido más.
Conmocionada por su historia, volví a revisar el mensaje que le había enviado. Ella me respondió con tres corazones rojos. Ese pequeño intercambio me hizo pensar en una paradoja de nuestro tiempo: las redes sociales pueden conectarnos con miles de personas, pero no necesariamente acercarnos a sus verdaderas historias.
Marie Claire González era una empresaria que hablaba de innovación, emprendimiento, liderazgo femenino y salud mental. Hoy su historia -más allá de las circunstancias que rodean su muerte- representa para mí el dolor silencioso que muchas mujeres cargan sin que el mundo alcance a verlo. Ella había sido víctima de maltrato físico y psicológico por parte de su expareja. Y esto me pone a pensar en una realidad inquietante: podemos estar conectados con miles de personas y, al mismo tiempo, profundamente lejos de ellas.
Desde entonces me pregunto si pude haber escrito algo más. Sé que probablemente un mensaje distinto no habría cambiado su historia, pero esa pregunta me llevó a otra mucho más profunda: ¿cuántas personas estarán hoy pidiendo ayuda de formas que no logramos leer?
La evidencia más reciente de la Organización Panamericana de la Salud y la Organización Mundial de la Salud señala que una de cada tres mujeres mayores de 15 años en las Américas ha sufrido violencia física o sexual alguna vez en su vida. Además, una de cada cuatro mujeres entre los 15 y los 49 años ha experimentado este tipo de violencia por parte de una pareja. Sin embargo, existe otra violencia mucho más difícil de identificar y medir: la psicológica.
Es una violencia que rara vez deja moretones, pero sí heridas profundas. Cuando una persona descalifica de manera constante, manipula, culpabiliza, aísla, controla o utiliza el silencio como una forma de castigo, va debilitando poco a poco la identidad de quien lo recibe. Son golpes invisibles que terminan modificando la manera en que una mujer se percibe a sí misma y se relaciona con el mundo.
Hay violencias que no dejan un ojo morado, pero sí una identidad resquebrajada. Lo sé porque también he vivido una forma de violencia que no siempre se reconoce fácilmente: la psicológica y la financiera. Por eso, cuando conocí la historia de Marie Claire, no vi únicamente el desenlace de una mujer reconocida. Vi una realidad que acompaña silenciosamente a miles de mujeres mientras el mundo sigue deslizando la pantalla.
Creo que también nos estamos convirtiendo en una sociedad que consume las señales del sufrimiento con la misma facilidad con la que consume entretenimiento. La pantalla muestra, pero también oculta. Detrás de una fotografía impecable, de un video inspirador o de una sonrisa perfectamente iluminada puede existir una batalla que nadie alcanza a imaginar.
La antropóloga argentina Rita Segato advierte que las sociedades pueden acostumbrarse al dolor ajeno hasta convertir las vidas en objetos de consumo. En las redes, una tragedia y una promoción aparecen separadas apenas por el movimiento de un dedo. El algoritmo termina igualando la gravedad de todo, y nosotros corremos el riesgo de hacer lo mismo.
Ese día mi intuición me llevó a responder aquella historia porque conecté con un dolor que, de alguna manera, también conozco. Ese corazón blanco significaba para mí algo muy sencillo: te entiendo y deseo que encuentres paz. Hoy pienso que ese corazón blanco fue lo único que pude ofrecerle a una mujer a la que nunca conocí y de cuya muerte aún no se confirman las circunstancias. No porque creyera que podía cambiar su historia, sino porque entendí que, detrás de cada publicación, puede existir una batalla que nadie alcanza a comprender.
Quizá el mayor riesgo de las redes sociales no sea que el algoritmo nos muestre demasiado, sino que nosotros estemos perdiendo la capacidad de mirar con suficiente profundidad. Y eso, en una época que necesita más humanidad que nunca, debería preocuparnos a todos.