El dañino estado de complacencia
martes, 24 de febrero de 2026
Natalia Zuleta
Complacencia. Una palabra que tiene hasta cierta cadencia en su pronunciación; al escucharla se desliza lenta por el paladar para salir a expresarse con suavidad. Un sustantivo femenino que proviene del verbo complacer. Al leer esto, todo cobra sentido.
Es peligrosa la complacencia y les voy a explicar por qué. Proviene del verbo complacer y ahí empieza el problema. La complacencia es una enemiga silenciosa. Se instala sin ruido y se disfraza de bondad, responsabilidad y madurez. Pero en el fondo nace de una práctica peligrosa del alma: la necesidad de aprobación.
No me extraña que la palabra sea femenina. Durante siglos, a las mujeres nos enseñaron que vinimos al mundo a cuidar y a sostener, incluso a costa de nosotras mismas. Ser todo para todos, cumplir cada rol con excelencia.
Dar 100% como medida de nuestra valía. Pero cuando lo entregamos todo, ¿qué nos queda? Vaciamos nuestro contenedor emocional para ser las mejores hijas, esposas, novias, hermanas, compañeras de trabajo y amigas. Y cuando llega el agotamiento emocional y físico, no sabemos cómo explicarlo. A veces incluso culpamos a todos aquellos que intentamos complacer sin que nos lo hayan pedido.
En el trasfondo hay algo más profundo: un vacío existencial que tratamos de llenar con aprobación externa. Un vacío que se amplifica en una sociedad que nos confunde, nos sobreestimula y nos desconecta de nosotros mismos.
Nos da miedo mirarnos al espejo y aceptar que nos hemos abandonado en una especie de adaptación pasiva al statu quo. La complacencia actúa como una anestesia para nuestra identidad y para nuestro carácter. Pararnos con frecuencia en la cómoda esquina del “deje así” implica renunciar a cuestionar, incomodar y a poner límites. Nos doblegamos ante identidades colectivas que, en una tensa calma, nos hacen sentir bien. Es más fácil un conformismo elegante que decir no con firmeza y asegurar nuestro bienestar. Más cómodo el silencio que la confrontación.
Buscamos con frecuencia una estabilidad que nos estanca; a pasos silenciosos nos envuelve y silencia nuestra verdadera capacidad de ser creadores de nuestra felicidad. Lo veo y lo he sentido. En el trabajo se evidencia con claridad. Construimos una versión de “yo puedo con todo” mientras por dentro nos rompemos. Confundimos estabilidad con estancamiento y cumplimiento con propósito.
Y existe aún algo más peligroso: la complacencia colectiva. La historia está llena de ejemplos donde el silencio y la adaptación pasiva sostuvieron injusticias, guerras y atrocidades. La aceptación silenciosa de aquello que nos incomoda también nos convierte en parte del problema. La complacencia es el punto exacto donde dejamos de crecer y empezamos a repetirnos.
Para mí representa una involución en el más amplio sentido de la palabra. Tal vez ha llegado el momento de ser un poco egoístas. De desaprender la ecuación mujer = complacer. De elegirnos y decidir sin culpa. De dejar de complacer tanto y ser más. Y sí, aplica para hombres también.