¿El fin de qué?
miércoles, 16 de septiembre de 2026
Natalia Zuleta
La verdad es que le he dado mil vueltas a esta columna. Para hablar de inteligencia artificial desde un punto de vista más moral que técnico, tal vez solo necesitemos habitar este mundo y observar cómo estamos interactuando con ella.
Estamos rodeados de información y desinformación sobre las capacidades de una tecnología revolucionaria creada por la humanidad. También nos ha tocado lidiar con esa verdad subliminal que circula por muchos pasillos y asegura que, tarde o temprano, seremos reemplazados.
Esta semana, Geoffrey Hinton, uno de los padres de la inteligencia artificial, afirmó que no le parecía irracional estimar en 10% el riesgo de que sistemas futuros pudieran llevar a la humanidad a su extinción durante la próxima década.
También reconoció que nadie sabe calcular sensatamente esa probabilidad. Sin embargo, entre la cautela de sus palabras y la contundencia de algunos titulares desapareció el matiz: una hipótesis terminó convertida en profecía.
Lo curioso es que este discurso está atravesado por las voces de los creadores de la tecnología, por empresas que compiten entre sí y por gobiernos tan influyentes como los de Estados Unidos y China. No quiero adentrarme en la geopolítica, pero sí invitarlos a poner en perspectiva una noticia capaz de tocar algunas de nuestras vulnerabilidades más profundas.
Para mí hay algo más detrás de la afirmación de que la humanidad podría ser destruida.
Existen incentivos que operan detrás de su circulación y que hacen parte de lo que quisiera denominar “la economía del miedo”: un sistema en el que generar temor y expectativa puede llevarnos a pensar y actuar de determinada manera en medio de un aparente caos.Mi intuición sobre esta economía del miedo no es solamente emocional.
Un estudio publicado en Nature Human Behaviour, basado en más de 370 millones de impresiones, encontró que cada palabra negativa añadida a un titular aumentaba en 2,3% la probabilidad de que fuera abierto. En la economía de la atención, el miedo también cotiza.
El estado de alerta, la parálisis y la desesperanza pueden convertirse en poderosas armas en un mundo donde la información se viraliza sin darnos tiempo para comprenderla. A veces me siento como una niña presenciando una película de terror o de ciencia ficción cuya trama todavía no alcanzo a asimilar.
Es más fácil asustar y dividir que celebrar y unir. La inteligencia artificial es el resultado del avance acelerado de la tecnología, pero también representa una apuesta inquietante por sustituir capacidades humanas que han sido el motor del mundo. El miedo puede infundirnos una sensación de indefensión que nos lleva a buscar refugio en aquello que proyecta fortaleza, incluso si no comprendemos del todo sus intenciones o alcances.
No pongo en duda las bondades de una tecnología que puede ahorrarnos tiempo, facilitar nuestra vida e impulsar avances extraordinarios en la medicina, la educación y la calidad de vida de las personas. Tampoco quiero tragar entero y entrar en el extraño juego de crear una herramienta, usarla, volvernos dependientes de ella y después convertirla en enemiga.
No soy experta en inteligencia artificial, pero sí puedo observar esta noticia desde una mirada crítica. El miedo también lanza anzuelos, y los titulares apocalípticos nos convierten con facilidad en víctimas de una pesca colectiva. Su viralización puede polarizarnos aún más y hacernos sentir que estamos ante una cuenta regresiva inevitable. No creo en el fatalismo.
Prefiero conservar la esperanza como una puerta abierta por la que todavía transitan nuestras aspiraciones más humanas de construir un futuro sostenible.
A lo largo de la historia hemos creado religiones, mitos y profecías para buscar explicaciones frente a lo desconocido. La tecnología también parece haberse convertido en una especie de dios al que le hemos cedido un espacio enorme en nuestra vida personal, familiar y corporativa. Le confiamos preguntas, decisiones, recuerdos y deseos, mientras seguimos sin comprender completamente su alcance.
Si todos los apocalipsis anunciados hubieran sido ciertos, este no sería el primero, sino el siguiente de una larga fila de predicciones que continúan esperando su turno para salir a escena.
Prefiero entender este momento desde la conciencia, ese lugar de observación que puede conferirnos amplitud y sabiduría. Desde allí propongo hacer un mapa del miedo que producen este tipo de noticias. Comprender su origen, su recorrido y sus efectos en nosotros resulta fundamental para no caer en la trampa del pánico.
El miedo surge frente a lo incierto. Al mismo tiempo, es una herramienta de supervivencia cuando aparece en dosis razonables: nos alerta, nos prepara y nos muestra lo que necesitamos proteger. El problema comienza cuando crece sin límites y termina apoderándose de nuestro criterio.
Mapear el miedo es seguir sus huellas antes de que se instale en nosotros. Es reconocer dónde nace, quién lo alimenta, qué palabras lo hacen crecer y hacia dónde busca conducirnos. Es preguntarnos si nos está alertando sobre un peligro real o si ha sido amplificado hasta nublar nuestra capacidad de discernir.
Por eso, frente a la profecía de nuestra posible extinción, mi pregunta es: ¿el fin de qué?
¿De la humanidad, de ciertas formas de trabajar y de vivir o de nuestra capacidad de pensar por nosotros mismos?