Analistas 20/10/2026

Entre el poder y la fuerza

Natalia Zuleta
Escritora y speaker
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Como líder, siempre he buscado hacer de la autorreflexión una práctica constante que me permita tomar conciencia de quién soy y de aquello que habita mi mente y mi corazón cuando estoy liderando y viviendo con intensidad la vida. Creo que todos los seres humanos tenemos la obligación íntima de autodescubrirnos cada día y de cultivar nuestra conciencia como ese lugar desde el cual podemos observarnos con mayor profundidad e indagar sobre nuestras emociones y pensamientos.

En este camino, hace poco sostuve una conversación con una de mis maestras espirituales, a quien le consultaba sobre un desafío particular. Estaba confundida y confrontada por una situación que había alterado mis emociones y me había llevado a cuestionarme de manera recurrente. Entonces ella me dijo algo que resonó profundamente conmigo: «Actúa desde tu poder, no desde la fuerza».

Este consejo me hizo detenerme y revisar qué significa mi poder y qué impacto tiene la fuerza en mi manera de actuar. Y es que cuando salimos al mundo a vivir nuestro propósito, tanto en lo personal como en lo profesional, contamos con un inventario de recursos que nos permiten desenvolvernos en la vida: nuestras capacidades humanas, las ambiciones que nos mueven y una caja de herramientas que vamos construyendo a lo largo del camino. Me refiero a nuestros conocimientos, experiencias, habilidades y cualidades personales que nos hacen únicos.

Todos estos recursos, al ponerse en práctica, pueden manifestarse desde dos lugares diferentes: el poder o la fuerza.

Ambos están presentes en nuestra manera de actuar, resolver desafíos y cultivar nuestras capacidades, pero pueden conducirnos a resultados muy diferentes. Esto aplica en nuestro trabajo, en el desarrollo de nuestra carrera profesional y en la construcción de nuestro carácter como líderes. También se expresa en la vida personal, en la forma como nos relacionamos con nuestra pareja, hijos, amigos y familia.

La fuerza puede entenderse desde dos perspectivas. Por un lado, representa nuestra capacidad de resistir, ser valientes y tener el coraje necesario para enfrentar desafíos y emprender tareas. Por otro, puede convertirse en esa presión que ejercemos para lograr resultados, imponer nuestra voluntad o modificar una situación.

El poder, por su parte, suele asociarse con la autoridad para hacer que las cosas ocurran o con la facultad que otros nos otorgan para actuar y decidir. Cuando lo analizamos como una herramienta personal, adquiere una dimensión diferente. El poder que se construye desde adentro es la capacidad de influir e inspirar a través de la conexión con los demás, de comprender sus miedos, anhelos y necesidades.

En una época marcada por la separación, creo que el verdadero poder también reside en nuestra capacidad de construir comunidades que quieran evolucionar, mirarse a sí mismas y asumir una responsabilidad frente a su propio proceso. Quizás por eso tantos pensadores contemporáneos nos invitan a reflexionar sobre el sentido de la vida y nuestra manera de habitar el mundo.

Volviendo a mi desafío personal, cuando mi maestra me invitó a actuar desde mi poder, entendí que se refería a conectar con esa chispa que proviene de nuestra mejor versión. Esa que sale a flote cuando sentimos que estamos contribuyendo al mundo a través del verdadero propósito de nuestra alma.

He ido comprendiendo la diferencia entre esos momentos en los que, como líder y como mujer, actúo desde una fuerza que se resiste y se impone, y aquellos en los que logro conectar con un poder que me otorga presencia, claridad y capacidad de transformación.

Es una dualidad difícil de comprender y de llevar a la práctica. Cuando actuamos desde la fuerza que busca imponerse, y no desde aquella que nos da valentía, muchas veces estamos respondiendo desde el ego y el miedo. Cuando ejercemos el poder de manera abusiva e inconsciente, también podemos caer en el egoísmo y la necesidad de controlar. Pero cuando logramos actuar en medio del caos o de una crisis desde nuestro verdadero poder personal, abrimos posibilidades para nosotros mismos y para quienes nos rodean.

Con esto no quiero desvirtuar la fuerza como un activo del liderazgo. La necesitamos para perseverar, sostener nuestras convicciones y enfrentar las adversidades. Pero he comenzado a entender que la verdadera transformación ocurre cuando descubrimos ese poder personal que nace del propósito y del fuego interior que todos llevamos dentro. Un poder que busca generar un impacto positivo que también nos llene el alma.

Conectar con mi verdadero poder me permitió mirarme con otros ojos, desde el reconocimiento de lo que soy y de mi capacidad para comprender a los demás, navegar mis emociones y encontrar en el amor propio un combustible para actuar desde mi mejor versión.

Hoy entiendo que no se trata de renunciar a la fuerza, porque también la necesitamos para enfrentar los desafíos de la vida. Se trata de reconocer desde dónde estamos actuando y qué nos mueve a hacerlo. Quizás el mayor aprendizaje de este camino sea entender que nuestro verdadero poder no está en aquello que logramos controlar afuera, sino en la conciencia que desarrollamos sobre lo que ocurre dentro de nosotros.

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