Explorar los límites
jueves, 18 de junio de 2026
Natalia Zuleta
La naturaleza humana implica movimiento. Cambiamos, evolucionamos y nos transformamos a lo largo de la vida, aunque muchas veces nos resistamos a hacerlo. Creo que gran parte de nuestro crecimiento ocurre cuando nos atrevemos a explorar los límites que encontramos en el camino, ya sean reales o autoimpuestos. Como miembro de una familia de empresarios en la educación y como una mujer inquieta espiritualmente, he aprendido que educar la mente es importante, pero educar el corazón es indispensable. Allí habitan cualidades como el coraje, la resiliencia y la capacidad de perseverar cuando las circunstancias nos desafían.
Hay actividades que nos ayudan a desarrollar esas cualidades. El deporte, los viajes, la lectura y las prácticas espirituales tienen algo en común: nos sacan de la comodidad. El deporte desafía el cuerpo y la mente; viajar nos obliga a mirar el mundo desde otros lugares; leer amplía nuestras preguntas y nuestra imaginación; y la espiritualidad nos ofrece un ancla para navegar la incertidumbre. Una vida sin alguno de estos espacios corre el riesgo de volverse estrecha, repetitiva y predecible. Pero hoy quiero hablar del tenis.
He descubierto que existen deportes que entrenan el cuerpo y otros que terminan revelándote quién eres. Para mí, el tenis pertenece a la segunda categoría. Recientemente vi el documental de Rafael Nadal y confirmé muchas de las cosas que he experimentado, en una escala mucho más modesta, cada vez que entro a una cancha. El tenis es un escenario privilegiado para explorar los límites físicos, mentales y emocionales. Exige disciplina, rigor e introspección, tres cualidades que también resultan indispensables para el liderazgo y para la vida.
Al ser un deporte individual, estás constantemente frente a ti mismo. No hay dónde esconderse. La forma como enfrentas la cancha se parece mucho a la forma como enfrentas la vida. Mientras el cuerpo se mueve, la mente conversa sin descanso. Aparecen los miedos, las expectativas, la impaciencia, la duda y también la confianza. Una bola fallada puede convertirse en frustración o en aprendizaje. Y allí radica una de las grandes lecciones: siempre puedes elegir si quedarte atrapado en el error o volver a empezar.
Roger Federer decía recientemente que incluso los mejores tenistas del mundo ganan apenas un poco más de la mitad de los puntos que juegan. La reflexión me pareció extraordinaria porque desmonta una idea equivocada del éxito. Ganar no consiste en no fallar. Consiste en desarrollar la capacidad de recuperarse después de cada error. Quizás la vida funciona exactamente igual.
Nadal es otro ejemplo poderoso. Su historia no está construida únicamente sobre los triunfos, sino sobre su capacidad de resistir el dolor, adaptarse y seguir adelante. A través de las lesiones, las derrotas y la exigencia física descubrió una fortaleza interior que terminó moldeando su carácter. Hay aprendizajes que ningún libro ni curso de liderazgo pueden enseñar. Algunas lecciones solo aparecen cuando el cuerpo se cansa, cuando la mente duda y cuando la voluntad decide continuar.
Presentarte ante un público que observa tu juego es también exponerte a una conversación íntima contigo mismo. Allí aparecen preguntas sobre la autoestima, la confianza y la fortaleza mental. Cada punto se convierte en una oportunidad para conocerte mejor. Una bola lanzada con velocidad se parece mucho a los desafíos inesperados que presenta la vida. La pregunta nunca es qué tan fuerte llega el golpe, sino quién decides ser cuando lo recibes.
Y en los partidos largos, cuando parece que ya no queda aire suficiente, surge la posibilidad de recordar que todavía puedes dar un paso más. Respirar. Concentrarte. Regresar al presente. Continuar. Tal vez eso sea la resiliencia: la capacidad de sostenerse en lo difícil sin perder de vista aquello que importa.
En Roland Garros siempre está presente una frase que resume muy bien este espíritu: “La victoria pertenece a los más tenaces”.
Y creo que en el mundo actual necesitamos precisamente eso. No solo para alcanzar metas, sino para encontrar equilibrio en medio de la incertidumbre, para permanecer de pie ante lo bello y lo difícil sin dejarnos arrastrar por el miedo, la desesperanza o el resentimiento.
Aprendo mucho del tenis. Para mí es terapia, desafío y maestro. Es la vida misma recordándome en cada práctica que soy cuerpo, mente y corazón. Pero, sobre todo, es un espacio que me recuerda que siempre existe una posibilidad más. Un esfuerzo más. Un intento más. Una versión más amplia de mí misma esperando ser descubierta.
Porque explorar los límites también es descubrir que éramos capaces de mucho más de lo que imaginábamos.
Y ustedes, ¿tienen alguna práctica que les recuerde quiénes son cuando la vida los pone a prueba?