Analistas

La diplomacia ha muerto

Natalia Zuleta

He venido sintiendo una sensación de desazón que no sé cómo explicar y que hoy quiero explorar con ustedes. Viene, creo, de la tarea ineludible de habitar una sociedad y un mundo atravesados por realidades políticas convulsionadas. No somos inmunes a la información ni a las noticias que se multiplican con una velocidad exponencial y estas nos penetran cada vez más el pensamiento y la piel.

No me gusta polemizar sobre política ni tomar posiciones radicales pero si siento una enorme responsabilidad de parar, revisar y reconocer todo lo que está sucediendo a nuestro alrededor. No podemos andar por el mundo siendo bombardeados ideológicamente y quedarnos sentados en el sofá de nuestra casa haciendo scroll para alimentar nuestras ansiedades.

Es un hecho que somos espectadores omnipresentes de lo que sucede en cada rincón del planeta. Todo se sabe, todo se comenta, todos se consume a velocidades difíciles de digerir. En medio del caos político y económico somos más víctimas que actores conscientes en la construcción de un relato que nos dé esperanza. No soy analista política ni pretendo serlo, pero si me siento atrapada en contiendas y guerras-muchas de ellas ajenas-que buscan involucrarnos en enfrentamientos que hacen daño, envenenan el corazón y contaminan el criterio y el pensamiento crítico de los ciudadanos.

La diplomacia ha muerto. Y esta afirmación convoca una reflexión urgente y responsable. Una conversación ciudadana que nos permita leer con mayor claridad una realidad políticamente confusa y adversa.

Pero, ¿qué es la diplomacia?

Henry Kissinger la define como el arte de contener el conflicto mediante el equilibrio. Una forma de administrar la realidad. Una definición compleja, y esto sin duda implica una enorme responsabilidad de entender que el conflicto es inherente a los humanos y que el tema es como nos paramos frente a él.

Hoy asistimos a una serie de pataletas políticas amplificadas por líderes incapaces de contener sus emociones, armados con la peligrosa herramienta de la influencia masiva: las redes sociales. Las relaciones entre los países no pueden ni deben ser administradas desde las cuentas de X de los gobernantes.

Los trinos impulsivos dejan al descubierto el miedo, la inmadurez y el ego disfrazado de protagonismo. Las redes sociales se han convertido en un ring de boxeo donde los puños son palabras y los insultos tienen efectos devastadores en las relaciones diplomáticas.

Albert Camus veía la diplomacia como un acto de rebeldía ética: negarse a que la violencia sea la única respuesta posible. En un mundo absurdo, dialogar es un gesto casi heroico. La diplomacia es tener el coraje moral para actuar siempre con integridad. Y estamos en un mundo que camina en dirección opuesta a esa idea.

Como ciudadana, educadora, escritora y presidente de junta directiva, me duele -y mucho- ver cómo se destruyen las relaciones humanas en los escenarios políticos porque al final todos resultamos afectados. Nos estamos quedando huérfanos de gobernantes capaces de representarnos, protegernos, comunicarse asertivamente y mediar para resolver conflictos.

Más grave aún: ¿qué ejemplo le estamos dando a los jóvenes? Las redes sociales han legitimado el bullying, el insulto, la agresión sin rostro y sin mirada. No hay diálogo; hay guerra.

Duele e incómoda. Genera impotencia. La diplomacia se ha convertido en un arte escaso, casi de museo, como las grandes obras de Picasso o Monet: valiosa, admirada, pero cada vez más rara. Una habilidad en vía de extinción que contradice -con efectos devastadores- el viejo refrán: “a palabras necias, oídos sordos.”

Martin Buber filósofo judío austro-israelí lo dijo con una lucidez casi incómoda: la diplomacia es la capacidad de ver al otro no como un obstáculo, sino como un interlocutor legítimo, incluso cuando incomoda. No elimina el desacuerdo; lo vuelve habitable.

Me incomoda y me entristece pensar que la diplomacia haya muerto. Porque cuando muere la diplomacia, va desapareciendo nuestra capacidad de gestionarnos y de habitar el mundo de manera pacífica.

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