Analistas

La toxicidad del presente

Natalia Zuleta

No me gusta la política o, mejor dicho, la interpretación que las sociedades contemporáneas hacen de ella. Por eso casi nunca escribo sobre este tema. Sin embargo, hoy me mueve el deseo de entender qué sucede en un país como Colombia cuando se acerca una elección presidencial. Y creo que esto exige una responsabilidad mayor que polemizar sobre cuál es el candidato correcto.

La política, en su sentido más noble, debería ser el espacio donde una sociedad conversa consigo misma para decidir quién quiere ser y hacia dónde quiere caminar. Sin embargo, pareciera haberse convertido en el lugar donde se develan algunas de nuestras peores condiciones humanas. Se erigen personajes que encarnan ideales difusos y se mueven al ritmo de las encuestas, las emociones y las opiniones del momento.

El veneno que siembra la política envenena los corazones y nubla el pensamiento. Exacerba el miedo y, bajo su sombra, los ciudadanos eligen a aquellos que más siembran la duda y la zozobra, no necesariamente a quienes construyen escenarios de seguridad y calma donde las ideas puedan expresarse con claridad e intención genuina.

Los estrategas políticos conocen desde hace décadas que el miedo moviliza más que la esperanza. Por eso las campañas suelen construir enemigos antes que proyectos colectivos. El ciudadano termina votando para evitar una amenaza más que para perseguir una posibilidad, un sueño compartido de futuro.

Yo me siento en el sofá familiar, escucho las voces y premoniciones de todo, y más que desazón siento un profundo hastío. Escucho conversaciones y argumentos agotados. En este momento el mundo necesita transparencia y luz para encontrar salidas a los desafíos que nos abruman. Sin embargo, estamos intoxicados de historias repetidas, de discursos de odio y de falsos liderazgos que se construyen a través de la influencia y la manipulación.

Lo triste es que la toxicidad de esta realidad es endémica. No se acaba con las elecciones ni se calma con las encuestas o las predicciones. Al contrario, es una leña que alimenta el fuego porque, sin darnos cuenta, empezamos a dividirnos, polarizarnos y juzgarnos a través de los discursos políticos que se tejen en las redes sociales. No desde una discusión que debería darse desde el conocimiento profundo de lo que necesita Colombia y de lo que anhelan sus habitantes.

Nos han intoxicado con los pasados no resueltos por los grandes líderes, con la incertidumbre como modelo de gestión y con la separación como estrategia para acrecentar la sensación de pánico y soledad que habita en los ciudadanos. Colombia arrastra heridas históricas profundas: violencia, desigualdad, corrupción, exclusión y promesas incumplidas. Cada elección parece reabrir esas cicatrices.

Todos soñamos con lo mismo, pero no tenemos claro cómo lograrlo. Y en el camino hacia esas aspiraciones de un país próspero, abundante y en paz, existen muchas bifurcaciones. Algunas nacen desde coordenadas correctas y otras han venido arrastrando errores históricos que nos han desviado de lo esencial.

Siento un malestar profundo de estar en medio de este ambiente tóxico que se cuela en nuestra mente para menguar la esperanza. Me agobia pensar en lo que serán estos días hasta junio, cuando vuelva a abrirse el telón de una segunda vuelta. Creo en la democracia y quisiera creer más en la política, pero muchas veces la percibo como el lugar de las mentiras, el engaño y las promesas rotas.

El líder de un país debe inspirar con sus palabras y concretar con sus acciones. Pero también debe ser un gestor de empatía, compasión y unión en medio de un mundo que parece romperse a pedazos.

Hemos normalizado una conversación pública emocionalmente tóxica que termina debilitando aquello que dice defender: la democracia misma. Investigaciones recientes publicadas en Frontiers in Political Science hablan de un fenómeno llamado polarización afectiva, caracterizado por la animadversión y la desconfianza entre grupos políticos. Esta amenaza la cohesión social y la resiliencia democrática al fomentar la distancia entre ciudadanos, la superioridad moral y la intolerancia política. En otras palabras, nos lleva a rechazar a quienes piensan diferente.

Hay un caos que ahoga. Y aunque las encuestas hablan de polarización política, sospecho que el fenómeno es mucho más profundo. Porque nuestra relación como ciudadanos con la política y con la democracia se ha vuelto tóxica. Parecemos incapaces de considerar la diferencia y sostener diálogos respetuosos.

Entonces, ¿cuál es el veneno?

Para mí es el odio. Un odio que se mueve imperceptible entre nosotros, que nubla el pensamiento, la razón y la capacidad de elegir. Pensamos en el candidato y en el personaje que encarna, pero olvidamos pensar en el país.

La toxicidad política surge cuando el miedo reemplaza a las ideas, el odio sustituye al debate y la identidad importa más que la verdad. Es un ambiente que deteriora nuestra capacidad de pensar con claridad.

Y quizás ese sea el mayor riesgo de nuestro tiempo: no que elijamos mal, sino que terminemos tan intoxicados por el miedo y el resentimiento que olvidemos cómo elegir con esperanza.

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