No hacer nada
martes, 14 de abril de 2026
Natalia Zuleta
Mi columna llega un poco tarde, después de una semana de break en la que descubrí lo difícil que se ha vuelto descansar. Cuando pensamos en vacaciones, imaginamos un ritmo más pausado, soltar la rutina y encontrar reposo en lo que nos gusta. Pero para mí, los últimos días fueron un torbellino de emociones extrañas. Y escribo sobre esto porque creo que, como líderes, necesitamos desarrollar una nueva sabiduría: entender el balance, el equilibrio y la productividad desde otro lugar. Muchas veces hablamos de balance necesario, pero no sabemos descansar.
Vivimos atravesados por mandatos invisibles que se instalan sin pedir permiso. La productividad, la disciplina y la eficiencia permean nuestro ritmo existencial. No descansan. Y, muchas veces, no nos dejan descansar. Alimentan una ansiedad disfrazada de responsabilidad, de deber ser, de aprovechar cada minuto. Nos han hecho creer que la divisa más importante es el tiempo. Yo difiero. La verdadera pregunta es qué hacemos con él.
En el mundo del estrés contemporáneo existen tres divisas poco codiciadas, pero profundamente escasas: la pausa, el ocio y la nada. La pausa es detenernos sin culpa. El ocio es habitar el tiempo sin propósito. La nada es soltar la necesidad de ser productivos incluso cuando descansamos. Tres estados que hoy parecen inalcanzables. Aspiraciones casi utópicas, como ese primer millón que todos soñamos alguna vez.
Debo confesarlo: me costó mucho no hacer nada. Y no hacer nada implica enfrentarse a una incomodidad silenciosa. A la tentación constante de organizar el tiempo libre, de ponerle estructura al descanso. Porque el tiempo libre, en realidad, muchas veces es una ilusión. Incluso cuando “paramos”, sentimos la urgencia de ocuparnos. Aparecen entonces los saboteadores del descanso. La hiperactividad que nos mantiene conectados. La dispersión que nos impide habitar un solo día a la vez. La ansiedad que cuenta los días que faltan para volver. Nos volvemos expertos en sabotearnos. Como si descansar fuera, en el fondo, un acto de rebeldía.
Es difícil soltar la adrenalina. Aquietar la mente. Mirar la vida con la lentitud de una página en blanco. Jenny Odell habla del “no hacer nada” como una forma de resistir la economía de la atención y el culto a la productividad frenética. Tal vez de eso se trata: de aprender a mirar el presente con más calma, con más profundidad. Porque descansar es un derecho que no podemos delegar. Nadie puede descansar por nosotros.
Debo confesar que, a pesar de tener una amplia formación en mindfulness y meditación y traer estas prácticas a mi gestión como líder, me costó mucho no planear mis días, dejarlos limpios de esfuerzo o estructura. Porque también podemos volvernos adictos a la disciplina. Descansar implica reducir la exigencia.
Desde 1932, Bertrand Russell ya lo advertía en su Elogio de la ociosidad: “El tiempo libre es esencial para la cultura y la felicidad”. Y tenía razón. El ocio es un espacio fértil. Un lugar donde habitan la creatividad, la claridad y, muchas veces, la felicidad más simple. De niños lo sabíamos. Entendíamos el valor del aburrimiento. Sabíamos quedarnos en la nada sin sentir culpa. Esa capacidad, en algún punto, la perdimos. Y hoy el liderazgo la necesita con urgencia.
Necesitamos recuperar el valor del silencio, de la pausa consciente, de la quietud. Reconectar con nuestro ritmo natural. Dejar que el cuerpo vuelva a ser brújula. Protegernos de una sociedad sobreestimulada es, quizás, el primer paso. Poner límites. Caminar más despacio. Cuestionar esa necesidad constante de estar ocupados. Porque ese impulso de agendar incluso el descanso no es eficiencia. Es ansiedad bien disfrazada.
Cal Newport lo plantea desde otro ángulo: el trabajo profundo no es posible sin espacios de desconexión real. Sin pausa, no hay foco. Sin descanso, no hay claridad. Vuelvo entonces a ese sentimiento incómodo que me acompañó en estos días. A esa dificultad de no hacer nada. Sin embargo, decidí intentarlo. Escucharme más. Y, por momentos, no hacer nada… sin castigarme por eso. Por algo se empieza. Tal vez no necesitamos más tiempo libre, sino aprender a habitarlo. ¿Ustedes descansaron?