¿Por qué nos cuestan tanto las conversaciones difíciles?
Las conversaciones difíciles que aparecen en la vida no lo hacen por casualidad. A lo largo de nuestro camino de evolución vamos dando pasos hacia aprendizajes que muchas veces vienen de lo complejo y van puliendo nuestro carácter como un cincel. Considero que es precisamente en este terreno donde se despiertan algunas de las preguntas fundamentales de la existencia.
Para mí, esa conversación que no queremos abrir suele ser un indicador de algo que todavía no hemos resuelto. A nivel interno nos enfrenta a una lucha en la que las emociones nos muestran dónde estamos; y a nivel externo nos habla del impacto que causamos -o estamos llamados a causar- en nuestro entorno social, corporativo o personal.
Y es que las conversaciones aplazadas incomodan. A veces aquello que no decimos parece encontrar otras formas de hacerse sentir. Puede aparecer como pensamientos recurrentes que no nos dejan dormir, tensión o ese vacío en el pecho que acompaña a la ansiedad. Para mí, son señales de batallas interiores que todavía no hemos resuelto. Vivimos en una sociedad experta en acumular bienes materiales, pero también en guardar emociones. Las vamos depositando como en una vasija que algún día termina desbordándose.
Se nos ha enseñado que el conflicto es algo negativo. Sin embargo, lo que he aprendido a lo largo de la vida es que los conflictos también pueden ser catalizadores de cambio e inductores de grandes aprendizajes. Son sacudidas necesarias que nos mueven de nuestros lugares habituales para enseñarnos algo sobre nosotros mismos o para obligarnos a encontrar maneras diferentes de hacer las cosas.
Douglas Stone, Bruce Patton y Sheila Heen, del Harvard Negotiation Project, plantean que detrás de toda conversación difícil existen en realidad tres conversaciones simultáneas: una sobre lo que pasó, otra sobre lo que sentimos y una tercera sobre nuestra propia identidad. Tal vez por eso nos cuestan tanto. Porque no solamente nos enfrentan al otro: nos enfrentan a nosotros mismos.
Cuando una conversación compleja aparece es un llamado a la vulnerabilidad, a la confrontación y a la exposición, y eso es precisamente lo desafiante. Nos vemos obligados a hablar de nuestras emociones, expresar desacuerdos, mostrar lo que llevamos dentro y hacer solicitudes directas sobre nuestras necesidades.
Si lo pensamos bien, estas no son cosas que nos enseñan en la escuela. Las aprendemos a totazos a lo largo de la vida.
Por eso muchas veces llegamos hasta el borde de una conversación y nos devolvemos. Elegimos nuevamente la ruta conocida porque atravesarla tiene un costo emocional y nos genera estrés. Sin embargo, cuando finalmente lo hacemos aparece también una experiencia de liberación. Vamos saldando conversaciones pendientes y, de alguna manera, aumentando nuestro capital de paz.
En lo personal, las conversaciones más difíciles de mi vida se han convertido en puntos de quiebre desde los cuales he podido ver con mayor claridad aquello que estaba reprimiendo o aplazando por miedo o cobardía. Y aunque suene duro decirlo, los seres humanos somos cobardes frente a muchas cosas. Precisamente por eso el llamado al coraje nos hace crecer.
Los invito a hacer un inventario de conversaciones pendientes y a preguntarse qué hay detrás de cada una. ¿Qué temo perder si digo lo que pienso? ¿Qué me dice de mí? ¿Qué verdad llevo demasiado tiempo aplazando?
Yo he tenido que hablar sobre la necesidad de un divorcio; poner normas y límites a mis hijos; expresar mis deseos como mujer dentro de una relación; reconocer la necesidad de un cambio en mi trabajo; decir que quería viajar sola, sin mi familia; y expresar la sensación de desengaño frente a alguien que quiero. Ninguna ha sido fácil. Pero todas me han enseñado algo sobre mí.
Y pienso también en nuestras organizaciones. Amy Edmondson, profesora de Harvard Business School, ha dedicado buena parte de su trabajo a estudiar la seguridad psicológica: esa posibilidad de sentir que podemos hablar, preguntar, disentir o reconocer un error sin temor a ser castigados por hacerlo. Tal vez muchas organizaciones no tienen un problema de falta de ideas, sino de conversaciones que nadie se atreve a poner sobre la mesa.
Lo mismo podría ocurrirnos como sociedad. Cuántos nudos permanecen atados por traumas, lealtades que nos pesan, situaciones mal resueltas o palabras que nunca nos atrevimos a pronunciar.
Conversar, expresarnos y ser profundamente honestos con nosotros mismos y con los demás son herramientas de los guerreros contemporáneos que enfrentamos un mundo cada vez más demandante en lo emocional. Porque quizá el verdadero problema no sean las conversaciones difíciles. Quizá sean todas aquellas que sabemos que debemos tener y seguimos aplazando. Llegó la hora de sentarnos a hablar.