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¿Qué pasaría si los políticos fueran artistas?

Natalia Zuleta

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Esta columna nace de una súbita reflexión después de la sorpresiva visita de Shakira al Chocó, días después del terremoto. Y es que, al analizar el alcance de los diferentes liderazgos en un mundo contemporáneo que se asemeja a una tormenta en altamar, me encuentro con dos escenarios: la política y el arte. Parecen dos islas apartadas en un vasto océano, pero tienen mucho en común: ambos tienen la capacidad de mover masas.

La comparación se vuelve inevitable cuando observamos sociedades ávidas de esperanza y de líderes capaces de convocar distintas voces alrededor de mensajes de inclusión y unidad.

Desde sus orígenes, la política ha estado vinculada a la polis, la ciudad y el espacio común. En su sentido más esencial, tiene que ver con nuestra capacidad de organizarnos, convivir, distribuir recursos y tramitar los conflictos que inevitablemente surgen cuando vivimos con otros. Sin embargo, esa vocación parece desdibujarse cuando la política se convierte en escenario de confrontación permanente, ambición y lucha por el poder. Las tareas genuinas de la política parecen agotarse frente a un mundo caracterizado por la fragmentación. Cuando la política deja de conciliar y se dedica únicamente a dividir, pierde parte de su sentido más profundo.

Y es allí precisamente donde los artistas entran al escenario para robarse el show.

Porque a lo largo de la historia de la humanidad, el arte, a pesar de sus múltiples transformaciones, ha mantenido una extraordinaria capacidad de reunirnos alrededor de nuevas posibilidades. Es un movimiento que fluye, impacta y convoca con sorprendente facilidad. Para los artistas las fronteras parecen más permeables. Tienen el poder de mover emociones, audiencias y comunidades, de reunirlas y darles voz dentro y fuera de los escenarios.

La llegada de Shakira al Chocó junto al filántropo Howard Buffett, hijo de Warren Buffett, representa para mí algo más profundo que el poder de convocatoria de una artista: demuestra su capacidad para conectar influencia, recursos y voluntad alrededor de una causa.

Hay algo en el espíritu del artista que está atravesado por una dimensión social: impactar, conmover y dejar una huella en el mundo. Y aquí aparece un contraste incómodo con cierta manera de ejercer la política, convertida muchas veces en escenario para los egos, la búsqueda de reconocimiento y una escalera de ambición que nunca parece conducir a un destino.

Mientras una artista se sube a un avión y llega al lugar de una tragedia para hacer un aporte a la educación, algunos políticos aparecen en los noticieros, dan declaraciones, confrontan a sus detractores y disputan el crédito.

Hannah Arendt, filósofa y teórica política alemana, sostenía que la política nace entre las personas. No reside solamente en gobiernos, instituciones o elecciones, sino en ese espacio que aparece cuando seres humanos diferentes se encuentran, hablan y actúan juntos. Para Hannah Arendt, incluso el poder surge de esa capacidad de actuar colectivamente.

Y creo que eso es precisamente algo que los artistas de hoy saben hacer muy bien. Logran reunir a las personas alrededor del lenguaje común del arte para hablar de aquello que les duele, les preocupa o simplemente les emociona. El activismo artístico ha demostrado su capacidad para poner sobre la mesa causas sociales, ambientales y de igualdad. Basta mirar el fenómeno de Bad Bunny que, nos guste o no, ha trascendido la música para convertir su arte en una poderosa expresión de identidad puertorriqueña y en una plataforma desde la cual cuestiona fenómenos como la gentrificación, el desplazamiento y la desigualdad.

Jacques Rancière, filósofo francés contemporáneo, propone otra mirada que me resulta fascinante: la política aparece cuando quienes no tenían un lugar reconocido dentro del orden establecido irrumpen para hacerse visibles y reclamar su condición de iguales. Jacques Rancière habla de “la parte de los que no tienen parte”. Dicho de una manera más sencilla: cuando alguien que permanecía invisible logra decir ante los demás: mi voz también cuenta.

Y creo que esto es precisamente lo que logra el arte: convertirse en portavoz de quienes necesitan expresar, desde el fondo de sus corazones, su deseo de ser escuchados, pero también sus emociones, sus dolores y sus esperanzas. En el mundo que estamos viviendo, esa capacidad debería ser esencial para cualquier forma de gobernanza: escuchar y hacer sentir a las personas que su voz tiene valor.

Tal vez por eso el arte tenga mucho que enseñarle a la política. A mirar al ser humano en todas sus dimensiones. A comprender que más allá del pensamiento está la acción, pero también la emoción. A recordarnos nuestra necesidad de pertenecer a algo que nos trascienda y nuestra capacidad de actuar desde la empatía, la compasión y el genuino deseo de ayudar a otros.

Sin duda, arte y política deberían sentarse a conversar. Tal vez ambos tienen mucho que aprender el uno del otro.

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