Analistas

Reconstrucción emocional

Natalia Zuleta

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Estaba en deuda con mi corazón. Necesitaba escucharlo y abrir este espacio en blanco para poner en palabras algunas de las emociones propias y colectivas que nos ha dejado el remezón de este terremoto. Después de varios días de navegar el dolor y dejar decantar tantas emociones, vuelve a mí una pregunta: ¿qué pasa cuando también se mueven nuestros cimientos interiores?

Los cambios abruptos que trae la vida nos enfrentan con aquello que no podemos controlar. Las pérdidas dejan vacíos que no siempre sabemos cómo habitar. Y no hablo solamente de las pérdidas materiales, sino de otras menos visibles y, quizá, más difíciles de reconstruir: la pérdida de estabilidad, de sustento, de seguridad y, en algunos casos, de esperanza.

La magnitud de una tragedia puede medirse en los destrozos, en las edificaciones que se derrumbaron y que poco a poco habrá que volver a levantar. Pero existe otro inventario mucho más difícil de calcular: el de las heridas emocionales de quienes vivieron el terremoto directamente y de quienes, alrededor de ellos, hemos sentido su sufrimiento y su intenso dolor. Porque los terremotos también ocurren por dentro.

Aparecen entonces la ansiedad, la angustia, el miedo y la impotencia. En la mente surgen preguntas que no encuentran respuesta y ese insistente porqué intenta darle sentido a lo inexplicable. En el cuerpo aparecen la tensión muscular, el dolor de cabeza, el insomnio o las palpitaciones que llegan para recordarnos nuestra fragilidad. Hay historias visibles de dolor que han concentrado nuestra atención y muchas otras que apenas empiezan a salir a la luz. Algunas, quizás, permanecerán para siempre debajo de los escombros.

La Organización Mundial de la Salud advierte que casi todas las personas afectadas por una emergencia experimentan algún grado de sufrimiento psicológico. Es importante entenderlo porque reconstruir después de una tragedia no consiste solamente en levantar nuevamente lo que cayó. También implica recuperar la sensación de seguridad, los vínculos, la confianza y la capacidad de imaginar un mañana.

Quizás estos días puedan invitarnos a mirar con mayor atención nuestra manera de estar en el mundo. No porque exista una explicación capaz de justificar una tragedia, sino porque incluso frente a aquello que no elegimos podemos preguntarnos qué hacemos con lo vivido.

En medio del dolor, las prioridades se ordenan de otra manera. De repente lo esencial vuelve a ocupar su lugar: preservar y proteger la vida, expresar el amor a nuestra familia y a quienes queremos, acompañar y ser solidarios con aquellos que atraviesan la tormenta de la pérdida. Por eso una de las labores más desafiantes que deja este terremoto será la reconstrucción emocional.

Una reconstrucción que no aparecerá fácilmente en las cifras ni será tan visible como una carretera reparada o una casa levantada de nuevo. Necesitamos reconstruir la confianza y la esperanza, acompañar a quienes perdieron a alguien, su hogar o su forma de sustento y reconocer que algunas heridas necesitarán tiempo y, en muchos casos, acompañamiento profesional.

La reconstrucción emocional tampoco puede recaer únicamente sobre los hombros de quien sufrió. Es una tarea colectiva. Necesitamos ser una sociedad que abre espacio para el dolor sin quedarse atrapada en él.

También podemos redescubrir herramientas sencillas de cuidado que están a nuestro alcance. Darnos tiempo para procesar lo sucedido. Regular la cantidad de noticias e imágenes que consumimos. Buscar el contacto con la naturaleza. Respirar conscientemente. Meditar. Mover el cuerpo. Dormir y recuperar poco a poco nuestras rutinas. Hablar de lo que sentimos y, cuando sea necesario, pedir ayuda.

Y existe otro elemento que considero fundamental: reorientar nuestras conversaciones hacia la esperanza. No se trata de negar lo ocurrido ni de cubrir el dolor con optimismo. El lenguaje construye realidades. Después de semanas de testimonios difíciles, miedo e incertidumbre, también necesitamos empezar a conversar sobre aquello que queremos reconstruir y sobre lo que cada uno puede aportar para hacerlo posible. Las palabras importan porque con ellas también imaginamos el futuro.

Es momento de pensar que también tendremos que reconstruir algo mucho más complejo: la confianza de volver a dormir tranquilos, la certeza de sentirnos acompañados, la capacidad de hacer planes y la esperanza de creer nuevamente en el mañana.

No existen cifras que midan de manera concreta la necesidad de reconstrucción emocional después del terremoto. Lo cierto es que todos estamos experimentando emociones fuertes, cada uno a su manera, y necesitamos darles espacio para procesarlas. Sanar es vital para avanzar, y ese camino requiere una fortaleza mental y espiritual que debemos construir colectivamente para volver a levantarnos y no dejar a nadie solo entre sus escombros emocionales.

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