Saber lo que no quiero
jueves, 15 de octubre de 2026
Natalia Zuleta
Mi camino de liderazgo es uno de los lugares donde más me he confrontado a mí misma. En este proceso he aprendido a entender la vida como un camino de valles y montañas a través de los cuales vamos descubriendo cómo transitar la existencia con toda su riqueza y diversidad. Los desafíos, las cumbres empinadas y los campos tranquilos nos enseñan que nada es plano y que la profundidad implica entregarnos muchas veces a los procesos para descubrir las lecciones que esconden.
Al recorrer estos parajes de crecimiento, vamos encontrando aquellos lugares donde sentimos sintonía con la vida y sincronía con el tiempo. Esos momentos en los que encontramos un lugar seguro y nuestro corazón se siente bien. Creo que, por más poético que suene, esta es una de las grandes búsquedas y uno de los grandes desafíos de los líderes actuales, en medio de tanto estrés y de las constantes amenazas a nuestro equilibrio y salud mental.
La vida es una gran pregunta que se abre para encontrar múltiples respuestas. Tal vez de esto se trata la búsqueda de sentido. De conectar con ese ‘why’, o porqué, del que nos habla Simon Sinek, que nos permite entrar en el flujo maravilloso de la existencia, donde nuestros sueños empiezan a tomar forma para hacerse realidad. Pero en el camino aparece una pregunta que para mí representa un punto de quiebre: ¿qué es lo que no quiero seguir haciendo?
Esta pregunta suele aparecer en momentos de la vida en los que hay desgaste y la motivación se ahoga en lo cotidiano. Es difícil responderla porque nos mueve el piso, despierta un llamado que parece venir del alma y nos reorganiza por dentro. Sin embargo, aprender a escucharla desde un lugar diferente nos permite honrar el proceso y reconocer que también existe crecimiento en aquello que decidimos dejar atrás.
Entiendo la vida como un viaje que implica un proceso permanente de depuración. A lo largo de los años vamos sintiendo la necesidad de alivianar el equipaje y encontrar destinos que nos ayuden a crecer. Trasladar esta metáfora al plano del liderazgo significa revisar dónde estamos trabajando, por qué causa lo hacemos y a qué equipo, proyecto o compañía estamos entregando nuestra energía, experiencia, conocimiento y creatividad.
La pregunta resuena de nuevo porque es fundamental para nuestra madurez y evolución: ¿qué es aquello que no quiero seguir haciendo?
Entonces aparece la confrontación, que podemos experimentar como una amenaza o como una oportunidad. Porque muchas veces resulta más fácil permanecer en una falsa comodidad que lanzarnos al vacío de la incertidumbre. Esa confrontación puede llevarnos a reconocer el estado de inercia en el que hemos estado viviendo, descubrir que hemos cambiado y escuchar el llamado a desatar los nudos que nos mantienen atados a una versión de nosotros mismos que ya no nos sostiene.
Son pruebas difíciles porque también pueden implicar abandonar lealtades hacia proyectos que ya no resuenan con nosotros o hacia personas con las que hemos dejado de sentir conexión. Y es que reconocer lo que ya no queremos también exige aceptar que aquello que alguna vez nos hizo felices puede haber dejado de hacerlo. No porque haya perdido su valor, sino porque nosotros hemos cambiado.
Pero, en mi experiencia, cuando estamos en esa montaña que parece imposible de escalar y comenzamos a divisar un asomo de la cima, ya no queremos detenernos. Algo dentro de nosotros descubre el paisaje que nos aguarda al otro lado de nuestros miedos.
Entonces, ¿cómo hacerlo? ¿Cómo renunciar a aquello que ya no queremos seguir haciendo?
El primer paso es darnos cuenta. Sentarnos en soledad, respirar, meditar y permitirnos experimentar lo que sentimos. Escuchar lo que nos dicen las emociones, explorar de dónde provienen y preguntarnos qué es aquello que realmente nos incomoda. Es atrevernos a recorrer nuestro propio territorio interior para construir una mayor coherencia entre mente, corazón y vida.
Creo que allí se encuentra uno de los espacios de mayor amplitud y posibilidad para el liderazgo. Porque cuando aprendemos a escucharnos y a ser fieles a nosotros mismos, encontramos una fuente de inspiración que también nos permite inspirar a otros.
Ser fieles a quienes somos es parte fundamental de la construcción de esa persona que aspiramos a ser, de aquello que soñamos lograr para nosotros y para el mundo, y de la manera como queremos impactar a quienes caminan a nuestro lado por valles y montañas. Tal vez madurar también significa comprender que no estamos obligados a seguir siendo quienes fuimos, ni a permanecer donde alguna vez encontramos nuestro lugar. A veces, el mayor acto de valentía no consiste en conquistar una nueva cima, sino en reconocer qué caminos ya no queremos recorrer. Y quizás sea precisamente allí, cuando nos atrevemos a escuchar aquello que ya no queremos, donde comienza a revelarse con mayor claridad la vida que sí queremos vivir.