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Un país que no perdona

Natalia Zuleta

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Esta última semana he escuchado muchas críticas al proceso de paz de Colombia, opiniones divididas y comentarios de muchos. Cuestionar un acuerdo político no equivale necesariamente a negarse a perdonar. Sin embargo, más allá de las críticas a un proceso imperfecto que marcó un hito en nuestra larga historia de guerra, me inquieta nuestra dificultad para perdonar como sociedad. No asumo una postura política, sino humana, en donde la palabra paz implica no solo el cese de la violencia, sino el compromiso íntimo de cultivarla dentro de nosotros, porque al final no es solo una utopía, sino una realidad que podemos construir con hábitos de pensamiento y acciones conscientes que nos ayudan, desde una perspectiva espiritual, a sanar y abrir los corazones.

Un país que no perdona es un territorio algo infernal donde el odio se retroalimenta en una hoguera difícil de apaciguar. Aquí creo que los líderes tienen una gran responsabilidad en la forma como describen la realidad y hasta en la manera de construirla a través del lenguaje. El costo de no perdonar es alto para todos los involucrados, pues es como alimentar una fuente de odio que agrieta, marchita y amarga la existencia. Sin embargo, perdonar no significa permitir la impunidad. La justicia exige verdad, reconocimiento de responsabilidades y reparación, mientras que el perdón es un proceso íntimo que nadie puede imponer.

Podemos perdonar sin renunciar a la justicia y exigir justicia sin haber logrado perdonar. Cuando perdonamos no olvidamos, sino que trascendemos. No retrocedemos, sino que avanzamos, reconocemos y sanamos. Es como alivianar la vida.

El budismo, en su sabiduría, habla de entender el perdón no como una transacción moral o como un acto de olvidar y empezar de cero, sino como una forma de liberación que nos permite vivir con mayor paz y fluidez. No hacerlo es como beber permanentemente un veneno de odio y esperar que el otro muera. El resentimiento puede hacer más daño a quien lo siente que a quien lo provocó. En este proceso es importante entender que el dolor también puede convertirse en un puente hacia nuestra evolución, una oportunidad para reconciliarnos con nuestras emociones y con la vida misma.

Para Nelson Mandela, el perdón era un proceso necesario que no implicaba negar la injusticia ni borrar la memoria. Significa que aquello que nos hirió no tiene que determinar la totalidad de nuestro futuro.

Mantenernos atados al pasado a través de heridas que permanentemente se reaniman es negarnos la posibilidad de que en una sociedad pueda existir un futuro diferente al que hemos creado con nuestros errores.

El costo emocional de no perdonar es que el resentimiento nos mantiene vinculados a aquello que nos hizo daño y nos hace sufrir, consumiendo energía que podríamos dedicar a vivir. A nivel espiritual, cuando el dolor se convierte en una identidad colectiva, corremos el riesgo de dejar de reconocernos más allá de nuestras heridas. Creo que muchos no reconocemos una Colombia en paz, no solo porque la violencia persiste, sino también por las historias que construimos en torno a un futuro en el que parece imposible superarla. Para mí no es simplemente una cuestión de encontrar soluciones a un conflicto, sino de entender el perdón como un puente hacia el futuro que nos permita avanzar con conciencia hacia un discurso más coherente y amable que nutra los corazones de las personas. No se trata solo de la justicia como herramienta primordial de convivencia y orden social, sino también de repensar nuestra relación con la historia que nos ha tocado a todos de diferentes maneras. La paz necesita tanto instituciones capaces de responder por el pasado como personas dispuestas a imaginar un futuro distinto.

El costo de oportunidad de aferrarnos al pasado puede impedirnos construir relaciones, abrir nuevas posibilidades y encontrar paz. Necesitamos reconstruir a través de la compasión para poder liberarnos y nutrir una nueva versión de país que desea vivir en paz.

Tal vez el mayor costo de no perdonar sea terminar entregándole nuestro futuro a aquello que tanto daño nos hizo en el pasado.

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