Velocidad necesaria
miércoles, 4 de marzo de 2026
Natalia Zuleta
La velocidad con la que crecimos no es la misma que hoy nos permitirá avanzar. Esta frase ha venido rondando mi cabeza últimamente como presidente de Junta Directiva. Tal vez, viendo su significado más romántico, esta afirmación nos llama a hacer un completo proceso de introspección en la gestión y liderazgo de nuestras empresas. La mirada racional nos diría con más rudeza: los más veloces se comerán a los más lentos. Esto es una verdad declarada. El letargo organizacional es una amenaza rotunda a la evolución empresarial. Y creo que es una de las causas más frecuentes del sentimiento de impotencia de muchos líderes, que crecen con las organizaciones y sienten la necesidad de hacer cambios revolucionarios en ambientes sedentarios.
El entorno nos grita que el cambio es ahora. Vivimos en una era que nos enfrenta a un dilema bidireccional que confunde: automatización vs. humanización. Es como un caucho que quiere estirarse en dos direcciones opuestas hasta romperse.
Este es un falso dilema. El verdadero desafío es integrar con maestría la transformación tecnológica y el fortalecimiento de nuestras capacidades humanas. La tecnología está allí para servirnos, no para sustituirnos. Su verdadero valor es liberarnos tiempo y capacidad mental para decidir. Decidir con coraje y a tiempo. Decidir incluso cuando incomoda. Cultivar nuestro brío es una refinada ciencia empresarial. Las metodologías de gestión ayudan, pero no sustituyen la astucia y el coraje necesarios para tomar decisiones complejas y sostenerlas.
Yo llamo a esto brío. Esa energía con la que se actúa sin titubeos. Es fuerza, ímpetu y resolución. Es un potente llamado a la acción, necesario en un mundo que se mueve a velocidades cada vez más imperceptibles. Hoy, desde la Junta, veo con claridad tres síntomas de inercia empresarial que nos roban momentum: estructuras organizacionales que ya no responden al presente, visiones del mundo que han caducado y un liderazgo que perdió el vigor para contagiar dirección. Sin brío no hay transformación.
Hay una desconexión con el pulso del mundo. Y esto sucede cuando las conversaciones estratégicas se convierten en revisiones operativas interminables; cuando una decisión estratégica tarda cuatro meses porque debe pasar por cinco comités que ya no agregan valor; cuando el organigrama pesa más que el propósito.
Debemos sintonizar desde nuestro liderazgo con el entorno y escoger la frecuencia en la que queremos vibrar. Las empresas tienen un espíritu invisible que las mueve o las detiene: es su conciencia colectiva, que permea la forma en que se enfrenta el riesgo, se sostienen conversaciones y se enfrenta la incertidumbre. Podemos actuar desde la escasez o desde la ambición constructiva. Y esa diferencia no es retórica: define si nos movemos con estrategia o con letargo.
El brío no es impulsividad. Es energía con dirección. Es tensión creativa bien canalizada. Es liderazgo que entiende el momento histórico y decide estar a la altura. Esto se ve cuando una organización simplifica su estructura, aunque incomode; cuando redefine su modelo antes de que sea urgente; y cuando un líder asume una decisión impopular pero necesaria.
Desde ese lugar se construye sabiduría en el liderazgo: una mezcla de experiencia, conocimiento, intuición y decisión, mediada por la velocidad necesaria para actuar. En definitiva, las empresas son como ríos y el mercado es el terreno en el que se mueven. Estamos llamados a encontrar el cauce y crecer nuestro caudal.
Para ello, es necesario entender que los ríos modifican los terrenos, se adaptan a los cambios y fluyen de manera permanente para encontrar los mejores caminos. En épocas de cambios climáticos fuertes, los ríos se mueven con rapidez. Encuentran la velocidad necesaria para avanzar y no estancarse. Lao Tse decía: “Nada en el mundo es más blando y flexible que el agua, pero nada puede superarla cuando ataca lo duro y fuerte”. Los líderes debemos entender esto para no vaciarnos de propósito y llenarnos de impotencia.