Analistas 22/07/2026

Chingaza, la historia que busca completarse

Natasha Avendaño
Gerente de la Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá

La razón principal por la que Bogotá se fundó donde se fundó fue su cercanía a las fuentes hídricas que bajaban de los cerros orientales y beneficiaban a los nuevos pobladores en su consumo diario, su higiene y el riego de sus cultivos. Sin embargo, el vertiginoso crecimiento de la población y la expansión de la ciudad llevaron a diferentes administraciones a buscar nuevas fuentes de abastecimiento, algunas ubicadas a varios kilómetros del centro urbano.

A comienzos del siglo pasado, Bogotá se abastecía a través de una rudimentaria red de tuberías de hierro que transportaban las aguas de los ríos San Cristóbal y San Francisco. Estas solo se desinfectaban con cloro y desembocaban en pilas públicas y en algunos hogares del centro de la ciudad, lo que llevó a la imperiosa necesidad de planificar un sistema moderno que respondiera a las expectativas de una ciudad en crecimiento.

La solución que se encontró en ese momento fue construir la planta Vitelma, que trataría las aguas de los ríos San Cristóbal y Tunjuelo y sus afluentes. Sin embargo, hace ya 100 años, los vecinos de Fómeque le señalaron a la entonces Comisión Municipal de Aguas de Bogotá los páramos de Chingaza como una opción muy favorable para el abastecimiento de agua. Debido a la distancia, a la dificultad para acceder al páramo y a que la Comisión consideró que su aprovechamiento era “desproporcionado” frente a las necesidades de la época, esta opción quedó engavetada durante varias décadas.

Fue solo hasta la década de los sesenta, cuando la planta de Tibitoc, encargada de purificar el agua del río Bogotá, comenzó a quedarse corta, que la Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá (EAAB) encomendó a un grupo de ingenieros la búsqueda de una fuente que garantizara el suministro durante los siguientes 60 años. Así, a lomo de mula, el ingeniero José Luis Castro lideró la exploración del páramo de Chingaza para precisar sus posibilidades de aprovechamiento. En 1966 dedujo que podría aprovecharse un caudal de seis metros cúbicos por segundo mediante un embalse en el río La Playa, con una conducción de 61 kilómetros de tubería y cuatro túneles que llegarían hasta La Calera, con una inversión aproximada de $743 millones.

A partir de este análisis, la EAAB desarrolló un estudio más profundo sobre el potencial que brindaba Chingaza y empezó a adquirir predios en el páramo con el propósito de salvaguardar el entorno donde nacen y fluyen diferentes afluentes. La empresa logró convertirse en propietaria de 27.000 hectáreas del páramo, además de promover su declaratoria como Parque Nacional Natural en 1977. Como empresa, se dedicó a cuidarlo, respetarlo y evitar que continuara siendo explotado mediante la minería, la ganadería y la agricultura, lo que permitió que la flora nativa de la región renaciera y que la fauna encontrara un santuario donde vivir tranquilamente.

De la mano de la firma Ingetec, este estudio permitió descubrir un boquerón sobre el río Chuza, ideal para construir el embalse que lleva su nombre y que tiene capacidad para almacenar 246 millones de metros cúbicos de agua. Con esta obra se aumentaría en 20 metros cúbicos por segundo la capacidad de abastecimiento y se aseguraría el suministro de agua para Bogotá hasta 2020. Así empezó el diseño y la construcción de nuestro emblemático Sistema Chingaza, que comprende el desvío de tres ríos y seis quebradas de la vertiente de los Llanos Orientales, incluido el trasvase del río Guatiquía, que aporta 11,5 m³/s al embalse de Chuza. Estas obras no solo abastecen el sistema, sino que evitan que varios municipios del Meta sufran inundaciones, gracias a la regulación de sus afluentes. Adicionalmente, el Sistema Chingaza-Wiesner cuenta con aportes de los ríos Blanco y Teusacá, con caudales de 2,9 m³/s, para un total de 14,4 m³/s. De esta manera, el Sistema Chingaza quedó compuesto por dos embalses: Chuza, con 246 millones de m³, y San Rafael, con 67 millones de m³; 38 kilómetros de túneles; siete kilómetros de tubería, y la planta de tratamiento Francisco Wiesner, originalmente llamada “El Sapo”. De toda esta infraestructura planeada y que ya cuenta con diseños, todavía falta construir los sistemas Chingaza Sureste y Chuza Norte, así como el embalse La Playa, denominado erróneamente “Chingaza II”. Estas obras no han podido materializarse por decisiones políticas y financieras, pese a que garantizarían que Bogotá cuente con suficiente agua hasta 2100.

Hoy la Eaab cuenta con un estudio de alternativas de abastecimiento, fruto de los resultados del primer pilar de nuestra Estrategia de Seguridad Hídrica, que permitirá continuar con la consolidación y el fortalecimiento del Sistema Chingaza como una alternativa viable y necesaria para asegurar el futuro del agua en Bogotá. Este estudio nos permite priorizar, entre las tres infraestructuras pendientes, las dos que tienen mayor viabilidad ambiental, social y jurídica, y que aportan de manera sostenible a la seguridad hídrica de Bogotá y la región en el mediano plazo. Esperamos contar con la voluntad del nuevo Gobierno para llevar a feliz término este proyecto, que beneficiará a nuestros hijos y a los hijos de nuestros hijos que habitarán Bogotá y la región a finales de este siglo. La historia del páramo de Chingaza es un ejemplo de cómo el crecimiento y el desarrollo de la capital han sido posibles gracias a la conservación activa y a la protección del ecosistema vital que nos abastece con la mejor agua de Colombia. Así nos hemos consolidado no solo como empresa de servicios públicos, sino también como un gran gestor ambiental del país.

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Chingaza - Bogotá