Analistas 19/01/2026

Comunicación pública: más diálogo, menos polarización

Núria Vilanova
Presidente de ATREVIA

Hablar de comunicación en 2026 es mucho más que hablar de mensajes, campañas o impactos mediáticos. Significa, como adelanté en mi último artículo, de influir, anticipar, atraer y transformar. Porque hoy, la comunicación ha dejado de ser una función de apoyo para convertirse en una palanca estratégica del liderazgo.

En este nuevo escenario, comunicar es persuadir, tras escuchar, comprender e integrar otras visiones. Porque en el caso de la política y los ámbitos públicos, la comunicación no puede limitarse a generar ruido y fomentar la polarización.

Algunos verán ingenuidad en esta afirmación, pero la verdadera política exige liderazgos capaces de favorecer dinámicas democráticas, generar confianza y practicar la transparencia como antídoto a la fatiga social, la desconfianza o la mayor fragmentación. Hablamos de frenar la polarización y los populismos.

Aplicar esta visión a la política implica entender que cada decisión pública es también un acto comunicativo: explica prioridades, revela nuestra escala de valores y construye -o destruye- legitimidad.

En política, la comunicación estratégica permite leer las inquietudes reales de la ciudadanía, incorporar esas preocupaciones a la agenda pública y explicar con claridad y transparencia los porqués de las decisiones. Cuando eso ocurre, la confianza crece y fortalece las relaciones entre políticos, instituciones y sociedad. Todos ganamos.

Este enfoque resulta crítico en un año que ha comenzado con el fuerte revulsivo de Venezuela y que estará marcado por una intensa agenda electoral: Colombia, Perú, Brasil y Costa Rica acudirán a las urnas en un clima donde la fragmentación, la desafección política y el escepticismo hacia las instituciones son crecientes.

Las campañas electorales son hoy espectáculos en los que todo está permitido con tal de dejar fuera de combate al rival. Pero una cosa es ganar elecciones y otra muy distinta es gobernar.

Hoy el diálogo es una infraestructura social crítica. Porque, aunque hay más conversaciones -intercambio de opiniones- que nunca, también se dialoga -voluntad de comprender y encontrar soluciones conjuntas- menos que nunca; aun conociendo su eficacia para procesar conflictos sin destruir la convivencia.

Así, el diálogo es decisivo en todos los ámbitos. Diálogo entre gobiernos y ciudadanos; entre empresas y comunidades; entre generaciones; o entre territorios y culturas. Un diálogo que no se limite a explicar decisiones ya tomadas, sino que incorpore de forma real las inquietudes, temores y aspiraciones de la sociedad. Esta escucha activa y constructiva debe potenciar toda organización pública o privada que no quieran perder la conexión con la realidad social. Porque la legitimidad no deriva de un solo hecho; se renueva en cada conversación y en cada hecho.

Todo ello en un momento en que la tecnología amplifica tanto riesgos como oportunidades. La inteligencia artificial, los nuevos canales y formatos o la hipersegmentación de audiencias pueden fortalecer la manipulación, pero también abrir espacios inéditos de participación y consenso

Iberoamérica, y los países que lo integran, se juega en 2026 algo más profundo que una secuencia de elecciones. En un mundo donde la polarización avanza, la región puede optar por replicar ese patrón o por convertirse en un laboratorio donde el diálogo democrático, inclusivo y productivo refuercen la convivencia.

Y la comunicación y el diálogo serán las armas decisivas para inclinar la balanza. Hagamos de ellas herramientas para construir confianza y futuro. Porque al final, las sociedades no solo fracasan por falta de recursos, sino por la incapacidad para entenderse.

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