Innovar o morir

Núria Vilanova

El escritor de fábulas español del siglo XVIII Tomás de Iriarte, narró en una de sus historias cómo, en una ocasión, dos conejos discutían si aquellos perros que les perseguían eran galgos o podencos. Tanto se alargó este inútil “debate” que los canes atraparon a los conejos. La moraleja nos dice que en la vida es poco recomendable enzarzarse en discusiones irrelevantes dejando aparcado, cuando no olvidado, lo importante: lo que resulta vital para nuestro futuro.

En ciertas ocasiones, y la actual coyuntura es una de ellas, los países de nuestra Comunidad Iberoamericana deben tratar de eludir sumergirse en debates interminables que no conducen a nada práctico. Aparcar temas que tienen su importancia, pero sin duda menor que otros que resultan decisivos para subirnos al tren de la modernidad, de la revolución digital y el desarrollo inclusivo. Tenemos que apostar más, y decididamente, por la innovación.

Creo que nuestros países han pecado de dar históricamente la espalda a la innovación. El reciente ‘Ranking de Innovación Bloomberg’ saca a la luz que no hay ni un solo país latinoamericano entre las 50 naciones más innovadoras del mundo. Este informe ratifica lo que otros vienen apuntado hace años: el ‘Índice Mundial de Innovación 2017’, elaborado por la Universidad Cornell (EE.UU.), desvela que ninguno de los países de la región figura entre los 45 primeros del mundo. El puesto más alto lo ocupa Chile (46). Además, otros datos muestran este rezago latinoamericano: actualmente frente a las 56.440 solicitudes de patentes de EE.UU., en América Latina Brasil es el primer país del ranking con apenas 568 solicitudes. En cuanto a inversión en investigación ningún país latinoamericano llega a 1%, salvo Brasil que se encuentra muy lejos de 4,3% de Corea del Sur.

No innovar tiene consecuencias directas sobre la economía. Es perceptible en nuestros países un cierto sentimiento de insatisfacción, que nace de un entorno de crecimiento insuficiente que dificulta la mejora y movilidad social y a las administraciones contar con mayores ingresos para invertir. Cerrar el círculo virtuoso de mejores infraestructuras y excelencia educativa para diversificar, ser más productivo y competitivo no se puede lograr sin apostar por la innovación.

América Latina no debe permanecer abonada a aquella vieja frase pronunciada por un general español quien proponía el “que inventen ellos”. No podemos seguir a la espera de que la bonanza caiga del cielo, que tenga lugar una nueva escalada de los precios de las materias primas. El mundo ha cambiado y el contexto global ya no es, y ya no va a ser nunca, el que vivimos hasta la crisis de 2008. Igual que la Revolución Francesa hizo imposible regresar al Antiguo Régimen como si nada hubiera ocurrido, la actual IV Revolución Industrial ha transformado el mundo de raíz obligando a los que vivimos en él a adaptarnos y mejorar siendo más innovadores… o perecer lentamente entre la inanidad. La innovación tecnológica es el motor del crecimiento económico y del desarrollo sostenible que permite ser competitivos en un mundo global donde la competencia también lo es.

Parece claro que ha llegado la época de considerar a la innovación como “política de Estado”, en torno a la cual exista un amplio consenso para dar continuidad a las iniciativas. Permanecer en la dicotomía de si son galgos o son podencos no es una opción. Se trata de innovar o morir. Y nuestros países tienen capacidad para mejorar su futuro. Hay que cambiar, eso sí, el chip.

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