Comprender hacia atrás, decidir hacia adelante
Esperar certezas para decidir también es una decisión. En 1843, el filósofo danés Søren Kierkegaard anotó en su diario que la vida solo puede comprenderse hacia atrás, pero únicamente puede vivirse hacia adelante. La frase sirve para mirar la educación superior colombiana. Los datos del último año nos permiten entender lo que ocurrió; las decisiones que exige el sistema, en cambio, tendrán que tomarse sin certezas completas.
Y esperar a tenerlas también es decidir: es dejar que la inercia elija por nosotros. Miremos hacia atrás. En 2025, Colombia alcanzó la mayor matrícula de su historia: 2.723.364 estudiantes, 6,6% más que el año anterior. El crecimiento, sin embargo, no fue parejo. Las instituciones oficiales aumentaron su matrícula 10,3% y las privadas, 2,3%; hoy 56,8% de los estudiantes del país está en el sector público. La modalidad virtual creció 23%; la presencial, apenas 1%. Al mismo tiempo, en 2025 nacieron en Colombia 433.678 niños, 4,5% menos que en 2024. La población joven de América Latina ya tocó su máximo y empezará a descender; aun así, las proyecciones de QS indican que la demanda de educación superior seguirá creciendo. No hay contradicción.
El estudiante de los próximos años será, cada vez más, un adulto que trabaja, que vuelve a las aulas y que necesitará formarse más de una vez en su vida. Hay un dato más incómodo. QS hace seguimiento a 111 universidades latinoamericanas cuya posición promedio en reputación ante los empleadores retrocedió 298 puestos entre 2022 y 2026. Quienes contratan confían menos en lo que certificamos. Y los estudiantes lo saben: para quienes consideran estudiar en la región, la tasa de empleo de los egresados es el primer resultado que miran al elegir un programa. La sociedad nos hace, con toda legitimidad, una pregunta sencilla: ¿qué cambia en la vida de una persona después de su paso por nuestras aulas? A esto se suma la inteligencia artificial. Ya 88% de las organizaciones la usa en al menos una función de negocio, y cuatro de cada cinco universitarios recurren a la IA generativa. La automatización llega ahora a tareas antes reservadas al trabajo altamente calificado: programar, investigar, analizar. Cuando un saber se difunde rápido, la ventaja de dominarlo dura menos.
¿Qué se desprende de todo esto? Que una educación concentrada en el primer título, con trayectorias lineales y formatos homogéneos, ya no alcanza. El país necesita fundamentos sólidos, actualización recurrente y rutas cortas, flexibles y certificables que puedan apilarse a lo largo de la vida laboral. Y necesita instituciones capaces de demostrar con evidencia su aporte a la empleabilidad y a la movilidad social, no solo de declararlo. Esa tarea no la resuelven solas las universidades. Propongo cuatro preguntas para una agenda compartida con el sector productivo. ¿Cómo formaremos el talento que la región tendrá en menor cantidad, reconvirtiendo a quienes ya trabajan y no solo a quienes llegan? ¿Qué evidencia necesita una empresa para confiar en un título, y cómo definimos juntos las competencias y medimos los resultados de los egresados? ¿Qué parte de la formación de la gente puede ser corta, flexible y certificable, diseñada con las empresas a partir de necesidades reales? ¿Y cómo preparamos a las personas para usar, comprender y evaluar la IA en su trabajo?
Responderlas obliga a elegir, y apostar también es renunciar. Priorizar exige decir abiertamente qué dejaremos de hacer o qué aplazaremos. Cuando todo es prioritario, nada se ha elegido. Kierkegaard dedicó ‘O lo uno o lo otro’ a mostrar cómo la persona se forja en sus elecciones; con las instituciones y con las políticas públicas ocurre algo parecido: su identidad aparece cuando ya no pueden hacerlo todo.