Curiosidad sin condiciones
Colombia obtuvo 381 puntos en matemáticas, 399 en lectura y 414 en ciencias en Pisa 2025. Frente al promedio de la Ocde -463, 461 y 482-, las distancias son de 82, 62 y 68 puntos. Ninguna de las variaciones frente a 2022 fue estadísticamente significativa. El Icfes lo llama resiliencia; prefiero llamarlo por su nombre: llevamos dos décadas quietos en el mismo escalón.
La comparación regional ofrece un consuelo tramposo. En ciencias empatamos con México y superamos a Brasil (409), pero quedamos por debajo de Uruguay (445), Chile (442) y Costa Rica (424). En lectura quedamos detrás de Chile (436), Uruguay (423), Costa Rica (416), México y Brasil (408).
En matemáticas rondamos el fondo, junto a Perú y Brasil. Y aun así, en proporción de estudiantes que no alcanzan el nivel mínimo, estamos mejor que el promedio latinoamericano en las tres áreas: 71% frente a 76% en matemáticas, 54% frente a 59% en lectura y 50% frente a 57% en ciencias. Ir mejor que un vecindario que se hunde no es una noticia, es una advertencia.
Las razones no están en el misterio del talento nacional. Están en los insumos, y Pisa los midió con precisión incómoda. Primero, el punto de partida. El índice socioeconómico promedio de los estudiantes colombianos evaluados es -1,085, contra 0,006 en la Ocde. Más de una desviación estándar de distancia. No estamos comparando dos sistemas educativos: estamos comparando dos condiciones materiales de vida.
Y hay un dato que casi nadie menciona: la muestra representa a unos 597.500 jóvenes, apenas 75% de los colombianos de 15 años. Uno de cada cuatro no aparece en estas cifras porque ya salió del sistema. El resultado que discutimos es, en rigor, el de quienes sobrevivieron.
Segundo, la escuela que reciben. 63% de los estudiantes está en colegios cuyos rectores reportan que la falta de material educativo obstaculiza la enseñanza; 62%, en instituciones donde la infraestructura física estorba en lugar de ayudar, y 40%, donde faltan docentes.
Colombia tiene un índice de escasez de material por encima del promedio de la Ocde, y Pisa muestra una relación inversa clara entre esa carencia y el desempeño en ciencias. Peor aún, el faltante se concentra en el sector oficial y en la zona rural, y la brecha interna entre colegios favorecidos y desfavorecidos es mucho más pronunciada aquí que en los países de la Ocde.
No hay pedagogía que compense un laboratorio que no existe. Tercero, la distribución. Entre 2015 y 2025, el cuartil más rico pasó de 461 a 470 puntos en ciencias. El más pobre bajó de 385 a 378. La distancia llegó a 93 puntos, por encima de los 85 de la Ocde. El promedio nacional no se mueve porque dos países avanzan en direcciones opuestas dentro de la misma cifra.
Frente a eso, el dato más doloroso del informe es otro. 82% de nuestros estudiantes dice tener curiosidad por aprender cosas nuevas. 76% se esfuerza más cuando la tarea es difícil.
Solo 15% cree que el colegio ha sido una pérdida de tiempo. Los tres indicadores están por encima del promedio de la Ocde. En Colombia, tener mentalidad de crecimiento vale 33 puntos adicionales en ciencias; en la Ocde, 28.
Los muchachos están poniendo la disposición, pero el Estado no está poniendo las condiciones. La discusión pública se agota cada tres años en el promedio y en el puesto. La pregunta útil es otra: ¿cuántos colegios oficiales rurales tienen hoy laboratorio, biblioteca funcional y planta docente completa?
Mientras no respondamos eso con datos y con presupuesto, seguiremos “llorando sobre la leche derramada”, en un país donde siete de cada diez estudiantes evaluados no logran resolver un problema matemático básico.