Analistas 13/06/2026

Desarmar el lenguaje: educar para el diálogo y la paz

P. Harold Castilla Devoz
Rector General de Uniminuto

Ante el Congreso de los Diputados, en Madrid, el papa León XIV pidió hace pocos días algo que en Colombia suena casi a contrasentido: desarmar el lenguaje. Lo dijo pensando en Europa, pero la frase cruza el Atlántico sin escalas y aterriza en un país que ha firmado la paz sin haber aprendido del todo a vivirla. La pregunta incómoda que dejó -¿qué idea de ser humano inspira nuestras decisiones y qué clase de sociedad construyen?- no interpela solo a quienes legislan o gobiernan. Interpela, y con especial fuerza, a quienes tenemos la tarea de formar a las próximas generaciones, porque si hay un lugar donde el lenguaje se arma o se desarma, donde se aprende a convertir al que piensa distinto en enemigo o en interlocutor, ese lugar es el aula de clase. La tesis del pontífice es sencilla y exigente: la dignidad de la persona precede al Estado y no puede quedar subordinada al vaivén de las mayorías de cada momento. Trasladada a la universidad, esa convicción tiene una consecuencia directa. Educar no es entrenar para ganar discusiones, sino formar personas capaces de sostener el desacuerdo sin deshumanizar al adversario. En un país que arrastra décadas de violencia, esa no es una competencia blanda ni un adorno del currículo: es, quizá, la más difícil y la más necesaria de todas.

El papa recordó que quienes ejercen una responsabilidad pública tienen un deber especial de custodiar la palabra, porque las palabras pueden abrir caminos o cerrarlos, iluminar la realidad o deformarla hasta hacer imposible el encuentro. Ese deber pesa también sobre quien enseña. Un profesor puede defender con rigor sus convicciones sin convertir la cátedra en trinchera; puede discrepar de un colega o de un estudiante sin descalificarlo. Ahí la universidad se juega algo decisivo: o forma ciudadanos que argumentan para vencer, o forma ciudadanos que dialogan para comprender.

León XIV ofreció, además, una vara para medir la calidad de una ley: no alcanza su grandeza por haber sido formalmente aprobada, sino cuando puede comparecer ante la dignidad de la persona y salir de ese examen sin avergonzarse. Vale la pena aplicar esa misma prueba ácida a lo que enseñamos y a cómo lo enseñamos. ¿Qué les ocurre, en nuestras aulas y en nuestra investigación, a quienes tienen menos fuerza para hacerse oír: el que llega de un colegio precario, el que piensa distinto de la mayoría del salón? Una educación que solo reproduce las certezas de quienes ya tienen voz no forma para la paz: la posterga.

De ahí que el discurso, leído desde la universidad, ofrezca tres orientaciones. La primera es de método: el papa la llama altura de miras, que no significa mirar lejos para evadir la realidad, sino mirar más hondo lo que está en juego en cada decisión. Enseñar con altura de miras es desconfiar de toda pedagogía construida sobre el rechazo a la otra mitad del país. La segunda es de contenido: poner en el centro a la persona concreta, no la consigna, no la barra, no el meme. Detrás de cada debate académico sobre tierras, salud, memoria, justicia y medio ambiente hay gente de carne y hueso cuyo destino se decide en parte por la calidad humana de quienes hoy se forman en las facultades. Educar para la paz es enseñar a traducir las ideas a esa escala humana y a comprobar si resisten.

Y hay una tercera, quizá la más difícil de sostener: la pluralidad no debería degenerar en descalificación permanente del que disiente. Que dos colombianos o dos estudiantes de un mismo salón piensen distinto no convierte a ninguno en traidor. La unidad de una comunidad universitaria, como la de un país, no consiste en pensar igual, sino en mantener vínculos de respeto incluso cuando se discrepa de fondo. Y aquí está la clave que la universidad puede enseñar mejor que casi cualquier otra institución: el conflicto, bien tramitado, puede convertirse en camino hacia la paz cuando las diferencias se dejan mitigar por la escucha. Esa es, en el fondo, la gran tarea pendiente de la universidad colombiana. Desarmar el lenguaje no empieza en el Congreso ni en las campañas: empieza, todos los días, en un aula donde alguien aprende que el otro no es un enemigo, sino un interlocutor.

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