Analistas 07/08/2026

Educación superior: la apuesta de país que arrancó ayer

P. Harold Castilla Devoz
Rector General de Uniminuto

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A cinco años de 2030, el punto de partida del modelo de desarrollo que Colombia ha decidido construir está en el talento humano. El gobierno que se posesionó tiene ahí, en la educación superior, su prueba de fuego y, al mismo tiempo, su mayor oportunidad. Vale la pena tomarse en serio la coincidencia. El mundo y el contexto educativo superior colombiano reclaman una educación más flexible, personalizada, conectada con las necesidades del mercado, con ciclos cortos que generen empleabilidad real, y piden multiplicar por diez la inversión en ciencia, tecnología e innovación. El programa del nuevo gobierno habla, casi con las mismas palabras, de ciclos cortos en tecnologías de la cuarta revolución industrial, de una universidad virtual “Universidad en Casa”, de conectividad gratuita y de incentivos tributarios para atraer inversión privada a la ciencia y la tecnología dentro de la educación superior mixta. Cuando el diagnóstico académico y la agenda de gobierno riman de esta manera, el país no debería desperdiciar el momento discutiendo si el vaso está medio lleno.

Está medio lleno, y conviene decirlo sin complejos. Colombia arrastra un crecimiento potencial bajo y una productividad débil; enfrenta, además, la incómoda cifra de casi tres millones de jóvenes que ni estudian ni trabajan (Ninis). Ninguna reforma tributaria, ninguna política industrial y ninguna promesa de “potencia latinoamericana” se sostiene si ese talento sigue represado. La apuesta por créditos blandos con tasas razonables y plazos realistas, por un Icetex robustecido con becas completas por mérito y talento, y por una universidad que llegue de forma virtual a los municipios donde nunca hubo un campus, es exactamente el tipo de decisión que convierte el discurso en oportunidades concretas. La educación superior no transforma un país cuando es un privilegio urbano, sino cuando toca al hijo del campesino de la Orinoquía, a la madre cabeza de familia del Caribe y al joven de Tunja que quiere programar software sin migrar a Bogotá. La visión “profundamente territorial” que reivindica este gobierno -software en el Valle y Santander, agrotech en la Orinoquía, energías renovables en el Caribe, moda y diseño en Antioquia- solo es posible si la formación del talento también es territorial. La conectividad gratuita y la universidad en casa no son eslóganes, sino la infraestructura sobre la que se conectan vocaciones regionales, talento y política pública inteligente.

Hay, por supuesto, condiciones para que la apuesta florezca y no se quede en el papel. El mérito, para ser justo, exige calidad: de nada sirve premiar a los mejores si la oferta virtual no tiene el rigor, la acreditación y el acompañamiento que sostienen un título con valor real en el mercado laboral. Los créditos blandos deben acompañar, no reemplazar, los avances en acceso que el país ya conquistó; el financiamiento privado a la ciencia debe sumar recursos, no sustituir la responsabilidad del Estado con la universidad pública y privada. Y la articulación con el aparato productivo tiene que ser una conversación de doble vía, en la que el sector empresarial también ponga cupos, prácticas y capital, como motor del desarrollo.

El riesgo es reducir la educación a los resultados académicos. Formar talento para la cuarta revolución industrial es urgente, sí, pero también lo es formar desde la ética, la responsabilidad y el compromiso con la sociedad. Una universidad que gradúe excelentes ingenieros de datos y ciudadanos indiferentes habría fracasado en lo esencial. La apuesta educativa del nuevo gobierno será verdaderamente transformadora si entiende que la empleabilidad y la formación humana no compiten: se necesitan.

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Educación superior - Instituciones de Educación Superior (IES)