Análisis 31/10/2026

Educación superior: más puertas, más rutas y más aliados

P. Harold Castilla Devoz
Rector General de Uniminuto
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Colombia comienza un nuevo periodo de gobierno con una agenda educativa ambiciosa: ampliar la cobertura en las regiones, crear una oferta virtual pública y privada, impulsar programas de ciclos cortos y recuperar la financiación a la demanda. Son buenas noticias. Pero el debate sobre educación superior suele quedar atrapado en disyuntivas que ya no sirven: lo público contra lo privado, lo presencial contra lo virtual, el título contra la certificación. El país no necesita escoger; necesita sumar.

Empecemos por el acceso. Hablar de educación superior en sentido estricto se queda corto. La pregunta de fondo es qué encuentra un joven al terminar el bachillerato, y ahí el concepto de posmedia es más útil: técnico, tecnológico, universitario, formación para el trabajo y educación continua como caminos que se conectan, no como compartimentos estancos. Y para que esos caminos lleguen a los municipios donde nunca ha habido una sede universitaria, la virtualidad y la educación a distancia de calidad ya no son una alternativa de segunda categoría, sino la vía más realista para cerrar brechas territoriales.

En el país hay instituciones privadas de vocación social que llevan años operando modelos a distancia y virtuales a escala nacional, con plataformas, tutorías, centros de atención en regiones y, cada vez más, acompañamiento apoyado en inteligencia artificial. Un esquema de alianzas que aproveche esa capacidad instalada llegaría antes, costaría menos y aprendería de errores que otros ya cometieron.

El segundo frente es demográfico. Cada año habrá menos jóvenes en edad universitaria y más adultos que necesiten actualizarse, reconvertirse o terminar lo que dejaron a medias. Microcredenciales, insignias digitales, bootcamps y nanocursos no son modas, sino el formato que requiere quien trabaja y estudia al mismo tiempo.

Nada de lo anterior funciona sin trayectorias articuladas. Un estudiante debería poder pasar de la media a la formación para el trabajo, y de allí a la educación superior, sin que el sistema le borre lo que ya aprendió. El Marco Nacional de Cualificaciones y el reconocimiento de aprendizajes previos son la infraestructura invisible de esa movilidad. Para quien estudia mientras trabaja, recibir credenciales verificables a medida que avanza, y no solo al final, puede marcar la diferencia entre persistir y desertar.

El tercer frente es el dinero. Recuperar la financiación a la demanda con créditos blandos y becas por mérito del Icetex es necesario, pero no suficiente. El sistema cooperativo y solidario ha demostrado durante décadas que puede financiar educación para familias que la banca no atiende, y merece un lugar en el diseño de la política. A ello deben sumarse recursos de fomento orientados a la permanencia, porque el desafío no es solo que los estudiantes entren, sino que se queden y se gradúen.

Por último, ninguna transformación ocurre sin los maestros. Fortalecer su formación, desde la primera infancia hasta la universidad, y devolverles protagonismo a las Escuelas Normales Superiores deben ir de la mano con la incorporación responsable de la inteligencia artificial en la enseñanza, el aprendizaje y la evaluación.

Tutores disponibles a toda hora, alertas tempranas de deserción y mentorías personalizadas ya son una realidad en algunas aulas del país. La condición es que la tecnología amplíe el criterio del docente, no que lo reemplace. Como lo han planteado Laudato si’ y, más recientemente, Magnifica humanitas, la técnica debe estar al servicio de la dignidad humana, del bien común y del cuidado de la casa común.

La pregunta que debería orientar la política de educación superior en estos cuatro años no es quién presta el servicio, sino a quién llega, con qué calidad y con qué resultados.

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