Analistas 25/04/2026

El futuro de Colombia: entre la esperanza y la improvisación

P. Harold Castilla Devoz
Rector General de Uniminuto

Pude leer durante esta semana un libro que llegó a mi oficina de modo oportuno, precisamente por su título tan sugestivo en esta hora de la historia del país. El libro lleva por nombre El futuro de Colombia, desarrollado por Marble Headhunter y Valora Analitik; ellos dieron vida a esta idea que Intermedio Editores plasmó en varias páginas. El libro presenta un argumento central: ¿cómo poder repensar nuestro futuro? Recoge más de 60 testimonios de un grupo destacado de empresarios de Colombia que sienten, viven y respiran la responsabilidad que implica el liderazgo y, por ende, nos invitan a sumarnos a este para que entre todos construyamos nuestro futuro.

Colombia habla del futuro con optimismo, pero evita la pregunta clave: ¿tenemos un proyecto colectivo para hacerlo realidad? Colombia es un país que cree en su futuro. Los discursos lo repiten, los documentos lo confirman y los líderes lo sostienen con convicción: aquí hay talento, resiliencia y capacidad para salir adelante. Pero hay una diferencia profunda entre creer en el futuro… y construirlo. Esa es, quizá, la mayor tensión que revela el texto sobre el futuro de Colombia: una nación que tiene claro su potencial, pero que aún no logra articular un camino coherente para alcanzarlo. Porque el problema no es la falta de capacidades, sino la falta de dirección o foco para saber cuál es el camino que hay que tomar. Se necesita lograr construir un proyecto común de país para avanzar. La costumbre de tanto tiempo atrás, donde cada sector -empresa, Estado, academia- avanza por su cuenta, con sus prioridades, sus agendas y sus tiempos, no se puede seguir desarrollando. Solo así estaríamos ahondando mucho más las evidencias de un país fragmentado, que progresa de manera desigual y, muchas veces, ineficiente. Esto último no es un problema menor. Sin un proyecto compartido, las decisiones estratégicas pierden coherencia, se invierte sin foco, se forma talento sin destino claro y se diseñan políticas sin articulación real. En términos simples: el país avanza… pero no necesariamente hacia el mismo lugar. Una idea poderosa con la que tenemos que comulgar todos, cualquiera que sea nuestra comprensión de las realidades, es que Colombia tiene talento extraordinario. Jóvenes creativos, resilientes, con capacidad de innovar y emprender, pero no podemos darnos el lujo de perderlos, porque este mundo no da espera, el contexto nacional y global no da tregua. Esta nueva época de la historia está marcada por transformaciones profundas: inteligencia artificial, analítica avanzada, nuevas dinámicas geopolíticas y cambios en los modelos productivos. Esto implica algo claro: los países que no se adapten se rezagan.

Y adaptarse no es un asunto tecnológico únicamente. Es una decisión estratégica: invertir en talento, modernizar las instituciones, fortalecer la innovación y garantizar reglas de juego claras. Colombia sabe esto, pero el desafío sigue siendo el mismo: pasar del diagnóstico a la acción. La lección que hay que aprender mirando el mundo de manera global la encontramos en países como Vietnam, Corea o Singapur, que no se transformaron por azar, sino que lo hicieron porque alinearon educación, política pública y desarrollo productivo bajo una visión compartida. Cada actor entendió su papel, cada decisión respondió a un propósito mayor. Colombia, en cambio, sigue operando sin esa articulación. El verdadero desafío es querer ser. Por ello, una nación no se define por lo que tiene, sino por lo que decide ser. Ese “querer ser” no es retórico; es político, institucional y social, e implica tomar decisiones difíciles, priorizar sectores estratégicos, invertir con foco, articular actores y construir confianza. Colombia no está condenada al atraso.

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