Analistas 27/06/2026

El profesor en la era de la inteligencia artificial

P. Harold Castilla Devoz
Rector General de Uniminuto

Hay una pregunta que ninguna universidad puede seguir aplazando: ¿qué sentido tiene enseñar de la misma manera cuando un estudiante puede consultar, comparar, traducir, sintetizar y hasta formular hipótesis de investigación en cuestión de segundos? La inteligencia artificial no es un episodio más de la innovación tecnológica. Es la alteración más profunda de las condiciones bajo las cuales la humanidad aprende, investiga y comparte lo que sabe. Y en el centro de esa sacudida está una figura a la que muchos ya daban por amenazada: el profesor.

Durante siglos la universidad construyó su autoridad sobre un supuesto sencillo: el conocimiento era escaso. Las bibliotecas, los archivos, los títulos y los métodos formaban una arquitectura de poder levantada sobre esa escasez. El que sabía enseñaba al que no sabía; el que tenía los libros formaba a quien no los tenía. Ese modelo tuvo grandeza histórica, pero hoy se derrumba por su propio peso. Cuando la información deja de ser escasa, transmitirla deja de ser el corazón del oficio. De ahí la conclusión apresurada que conviene desmontar: si la máquina informa mejor y más rápido, el profesor sobra. Es exactamente al revés. La inteligencia artificial no disminuye la relevancia del docente; la eleva hacia una misión más exigente. Lo que pierde valor es la mera transmisión de datos.

Lo que se vuelve insustituible es todo lo demás: formar criterio, enseñar a discernir, sembrar pensamiento complejo, acompañar la duda y responder éticamente por aquello que se produce con el conocimiento. El profesor de esta era no es un dispensador de contenidos, sino un arquitecto de procesos críticos. Un acompañante epistemológico. Alguien que inspira -y la palabra no es decorativa- la alegría del descubrimiento. La nota Antiqua et nova, publicada por el Vaticano en 2025, lo formula con precisión: los maestros son modelos de cualidades humanas, y esa dimensión relacional no la reemplaza ningún sistema. La educación no puede reducirse a transferir información ni delegarse por entero a una máquina, porque enseñar es, ante todo, acompañar un proceso humano de discernimiento.

Esto exige una pedagogía nueva. El estudiante de hoy ya convive con sistemas de alto poder cognitivo; la pregunta no es si los usa, sino cómo, con qué criterio y bajo qué formación ética. La diferencia entre un uso que empobrece y uno que enriquece está en el marco formativo, y ese marco lo pone el profesor. Bajo su guía, las mismas herramientas que invitan a copiar pueden servir para formular mejores preguntas, contrastar fuentes, detectar sesgos y ampliar el horizonte conceptual de una manera antes inimaginable.
Por eso vale la pena nombrar una disciplina intelectual nueva: la trazabilidad del pensamiento asistido. El estudiante debe aprender a mostrar el camino tanto como el resultado: qué preguntó, qué recibió, qué rechazó, qué verificó, qué fuentes consultó y qué asumió como responsabilidad propia. La evaluación tendrá que migrar de la revisión del producto a la comprensión del proceso. El nuevo rigor será más duro, porque pedirá justificar cómo se llegó a las conclusiones, no solo exhibirlas. Y el único que puede formar esa honestidad metodológica es un profesor presente.

Hay, además, una dimensión de justicia que ninguna institución debería ignorar. Por primera vez, un estudiante de una región periférica puede acceder a herramientas de tutoría, traducción y apoyo investigativo que antes quedaban reservadas a las élites con grandes bibliotecas y dominio de las lenguas dominantes. La inteligencia artificial puede democratizar el saber o reforzar viejas jerarquías bajo una nueva forma algorítmica; todo depende de quién controla los datos y qué comunidades participan en la producción del conocimiento. También aquí el profesor es decisivo: es quien convierte el acceso en aprendizaje y la herramienta en criterio.

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