Analistas 23/05/2026

La educación superior colombiana frente al espejo del mundo

P. Harold Castilla Devoz
Rector General de Uniminuto

La Unesco acaba de publicar, a través de su Instituto para América Latina y el Caribe (Iesalc), el primer Informe mundial sobre tendencias de la educación superior. No es un documento más: por primera vez se radiografía el sector con datos comparables de 146 países y se les ofrece a los gobiernos un tablero para medir dónde están parados. Vale la pena que Colombia se mire en ese espejo, porque la imagen tiene luces y tiene sombras.

Empecemos por las luces. El país llega a esta cita con logros que no son menores. La cobertura en educación superior se elevó un poco más; la reforma a los artículos 86 y 87 de la Ley 30 cambió la fórmula de financiación de las universidades públicas; y un dato que pocos notaron: el propio informe de la Unesco cita a Colombia como buena práctica. El Permiso por Protección Temporal se menciona como un mecanismo que agiliza el reconocimiento de las cualificaciones de los migrantes venezolanos. En acceso y en financiación pública, Colombia tiene de qué hablar; lamentablemente, no así en educación privada. Ahora, las sombras, que es donde un análisis económico debe poner el bisturí. El mensaje central del informe es incómodo y aplica de lleno al país: el acceso no es lo mismo que la graduación. A nivel mundial, la matrícula casi se duplicó en 20 años, pero la tasa bruta de graduación apenas subió de 22% a 27% en una década. Traducido a lenguaje de productividad: los sistemas están metiendo estudiantes por una puerta que muchos no logran cruzar de salida. Cada deserción es plata pública y privada que no rinde, un proyecto de vida trunco y un profesional que la economía no recibe.

Colombia conoce bien esa fuga. Ampliar cupos sin cerrar la brecha de permanencia es llenar un balde perforado. El informe señala otras tareas pendientes que el sector haría mal en ignorar. La transformación digital y la inteligencia artificial avanzan más rápido que las reglas: en 2025, apenas 19% de las instituciones del mundo tenía una política formal de IA. ¿Cuántas universidades colombianas pueden decir que ya la tienen? La brecha digital sigue ahí: una tercera parte del planeta no tiene internet, y reproduce desigualdades entre quienes estudian en las capitales y quienes lo hacen en la Colombia rural.

El cuerpo docente, que el informe identifica como el factor decisivo de la calidad, enfrenta inseguridad laboral y contratos precarios; menos de 15% de los países priorizan su bienestar. Y la movilidad internacional, que mueve conocimiento y conexiones, llega a menos de 3% de los estudiantes del mundo: Colombia es más espectadora que protagonista de ese flujo.

Hay un punto que el empresariado y la academia deberían leer juntos: la pertinencia. De poco sirve graduar más profesionales si sus credenciales no conversan con un mercado laboral que cambia a otra velocidad. El informe insiste en que la eficacia del gasto no depende solo de cuánto se invierte, sino de cómo se gobierna esa inversión, con datos confiables, evaluación externa y rendición de cuentas. Llegar a 1% del PIB es la meta correcta; la pregunta más difícil es qué compra cada peso: ¿más matrícula, o más graduados, más calidad y más relevancia?

La invitación, entonces, es doble. Reconozcamos sin mezquindad lo avanzado: tener una regla de financiación para todo el sistema mixto de educación superior (pública y privada) más sensata, que convenga blindar. Pero no confundamos el primer capítulo con el final. El reto para los próximos cinco años no es solo abrir más puertas: es asegurarse de que quien entra salga; de que salga bien formado; y de que el país aproveche, de verdad, ese capital humano. Esa es la conversación que el espejo nos está pidiendo tener.

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