La emergencia que llega despacio
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Según cifras del Snies, el año 2025 fue el mejor año en cifras de la educación superior colombiana. La matrícula alcanzó 2.723.364 estudiantes, un récord histórico. La cobertura bruta llegó a 61,75% y superó por primera vez la barrera de 60%. El tránsito inmediato de la media a la superior subió a 47,91%. Cerca de 940.000 jóvenes estudiaron gratis en instituciones públicas: 97% de los elegibles. Si todo esto es verdad y merece nuestra confianza como sector de educación superior, cualquier ministro firmaría ese balance. Pero llevo semanas leyendo las cifras del sistema y hay tres datos que no aparecen en los titulares y que, juntos, cuentan una historia distinta.
El primero. En 2025, el puntaje global de Saber Pro subió dos puntos, a 148. Buena noticia, hasta que uno abre el dato: cuatro de los cinco módulos bajaron entre uno y dos puntos. Toda el alza se explica por Comunicación Escrita, que pasó de 134 a 149. En Saber TyT ocurrió lo mismo: el promedio subió tres puntos y Comunicación Escrita subió veinte, mientras el resto se mantuvo o descendió. Y ninguna de las dos pruebas ha vuelto a su nivel de 2016. Diez años sin recuperar el punto de partida. No voy a afirmar que la inteligencia artificial explique ese salto; no tengo cómo probarlo. Pero es la primera cohorte evaluada con modelos generativos al alcance de cualquier teléfono, y la competencia que más mejoró es exactamente la que esos modelos producen en segundos. Puede ser mérito pedagógico genuino, puede ser otra cosa. Lo inquietante no es la sospecha: es que el sistema no tiene hoy cómo despejarla.
El segundo dato. En 2008, nacieron en Colombia más de 715.000 niños. En 2025, nacieron 433.678. Son cerca de 282.000 menos por año, y la tasa de fecundidad cayó a 1,0 hijos por mujer, menos de la mitad del nivel de reemplazo. La cohorte que se matriculará en 2043 ya nació, y es mucho más pequeña. Mientras tanto, el debate público entre la gratuidad, la reforma a la Ley 30 y la financiación de la oferta discute con intensidad cómo repartir la matrícula. Ninguna de esas discusiones nombra que el conjunto se está contrayendo.
El tercer dato muestra que entre 2014 y 2025 la modalidad virtual pasó de representar 2,3% de la matrícula a 26,3%: la transformación más rápida que ha vivido el sistema. Pero este dato advierte algo que deberíamos leer con cuidado: no hay evidencia de que esa virtualización haya flexibilizado en la misma medida las trayectorias, los momentos de ingreso o el reconocimiento de aprendizajes previos. Cambiamos el canal y dejamos intacta la arquitectura. El Marco y el Sistema Nacional de Cualificaciones existen en el papel, pero no operan de forma integrada. Seguimos entregando el mismo título, en el mismo tiempo, por la misma ruta; ahora por pantalla. Este mes que ya termina, un terremoto de 7,4 dejó 114.855 estudiantes de educación superior afectados y 117 instituciones con reportes de daños (comunicado oficial del Men en articulación con el Icetex, del 15 de agosto de 2026, publicado en el portal del Icetex). En cuestión de días el sector movilizó censos, protocolos, apoyos y planes de continuidad académica. Sabemos actuar rápido cuando reconocemos una emergencia. La erosión de los aprendizajes y la contracción demográfica también son una emergencia. Solo que llegan despacio, sin epicentro y sin fecha. Por eso las tratamos como si fueran un tema del próximo plan decenal. El desafío que propongo es fácil de enunciar y difícil de aceptar: dejar de medir el éxito del sistema por cuántos entran y empezar a medirlo por qué aprenden, cuánto permanecen y qué les ocurre después. Mientras el indicador que celebramos siga siendo el acceso, seguiremos batiendo récords sobre una base que se adelgaza.