Analistas 25/07/2026

La integridad como asignatura pendiente

P. Harold Castilla Devoz
Rector General de Uniminuto

Un reportaje reciente del diario El País de España (20 julio de 2026), retrató a la primera generación que cursó su carrera de principio a fin acompañada por la inteligencia artificial. Uno de esos recién egresados, tras recibir su diploma, resumió el momento con una frase inquietante: “algo se ha roto en la universidad”. La escena ocurrió en España, pero la grieta que describe atraviesa también nuestras aulas. En Colombia el fenómeno ya no es marginal. Distintas mediciones señalan que alrededor de 91% de los estudiantes de educación superior usa herramientas de IA generativa, mientras que cerca de 61% admite no haber recibido formación para emplearlas. Esa distancia entre adopción masiva y alfabetización crítica es, a mi juicio, el verdadero problema. No enfrentamos una moda tecnológica pasajera, sino un cambio en la manera de aprender, producir y evaluar el conocimiento.

El diagnóstico incomoda porque toca la esencia del oficio universitario. Estudios internacionales muestran un patrón revelador: cuando los trabajos se hacen en casa, las calificaciones suben; cuando la evaluación es presencial y supervisada, se desploman. Un seguimiento del Centre for Economic Policy Research a más de 26.000 estudiantes documentó que las notas de las tareas subieron cerca de 18% con el uso de chatbots, pero cayeron alrededor de 20% en los exámenes sin ayuda. Otra investigación del MIT Media Lab midió una conectividad neuronal hasta 55% más débil en quienes escribían con IA. Producimos entregas más brillantes y aprendizajes más frágiles. Las implicaciones para el sistema colombiano son de fondo. Primero, la evaluación: buena parte de nuestros programas se construyó sobre el ensayo, el informe y el trabajo escrito domiciliario, hoy fácilmente delegables a un modelo de lenguaje. Segundo, la equidad: la brecha ya no es solo de conectividad, sino de acceso a versiones premium que entregan respuestas más sofisticadas, ampliando la desigualdad entre quienes pueden pagarlas y quienes no. Tercero, lo relacional: se erosionan los vínculos entre estudiantes y con sus docentes, precisamente el capital social que da sentido a la vida universitaria. Y cuarto, la capacidad institucional: muchos profesores se sienten desbordados y las estructuras, con su natural peso administrativo, avanzan más despacio que una industria que corre a zancadas. Colombia no parte de cero. El país cuenta con una hoja de ruta en el Conpes 4144 y el Ministerio de Educación ha dado los primeros pasos para integrar la IA en la educación superior, con cientos de programas académicos ya vinculados al tema. Pero la política pública y la oferta de programas no bastan si el aula sigue evaluando como si la IA no existiera. Como advertía un estudiante del reportaje, hay docentes que en 2026 actúan como si estas herramientas no estuvieran ahí. Y así llegamos a la pregunta que ninguna universidad puede seguir aplazando: ¿qué hacemos con la integridad académica?

Creo que la respuesta no está en perseguir la copia con más detectores sino en rediseñar la enseñanza para blindar el aprendizaje. Y eso exige actuar en tres frentes a la vez. El primero es la evaluación. Hay que devolverle protagonismo al aula: sustentaciones orales, defensas en vivo, debate y producción supervisada, sobre todo en los primeros semestres, donde se forman las bases del criterio. Lo que puede observarse en directo es lo que hoy podemos evaluar con confianza. El segundo es el marco institucional. Necesitamos políticas claras, no prohibiciones ambiguas: reglas explícitas sobre cuándo y cómo se permite la IA, criterios de citación y una acreditación que incorpore estos estándares. La integridad se sostiene cuando la norma es transparente y compartida, no cuando se deja a la interpretación de cada docente. El tercero, y quizás el más decisivo, es la formación ética. Si seis de cada diez estudiantes usan IA sin orientación, el vacío lo llena la improvisación.

Alfabetizar en uso responsable, enseñar a citar la herramienta y cultivar una cultura de honestidad no es un accesorio: es el corazón de la formación en un mundo con IA. La integridad académica dejó de ser un asunto disciplinario para convertirse en una pregunta pedagógica y ética de primer orden.

TEMAS


Educación - Inteligencia artificial - Estudiantes