¿La universidad, para qué?
Hace unas semanas, en Medellín, compartí un panel con rectores de América Latina. La pregunta que nos convocó fue qué implica para la universidad la transformación del mundo del trabajo. Pero detrás de ella asomaba otra, más incómoda, que hoy se escucha en pasillos, juntas directivas y redes sociales: si existen plataformas, certificaciones rápidas y cursos en línea, ¿la universidad para qué? Conviene empezar por lo logrado. La región avanzó en acceso y en calidad.
La masificación de la educación superior es real y el número de jóvenes matriculados es significativo. Sin embargo, seguimos conviviendo con indicadores de pobreza, desarrollo e inequidad que nos interpelan. Ahí está nuestra deuda: el impacto social de la educación superior y la formación de ciudadanos comprometidos con el desarrollo de sus países y con la democracia que tanto necesitamos.
Esa deuda se paga hoy en tres frentes.
Escuchar a los estudiantes. En Uniminuto acabamos de cerrar una encuesta a más de 2.500 estudiantes, la mayoría de estratos 1, 2 y 3. Sus respuestas son claras. Quieren una experiencia educativa significativa, armar su propio portafolio y desarrollar competencias con flexibilidad. Para ellos, llegar rápido al empleo y al emprendimiento no es un lujo: es la razón por la que estudian. Están conectados a la red, aunque no siempre con la alfabetización digital más rigurosa, y cerrar esa brecha nos corresponde a nosotros. En una frase: están exigiendo que la universidad los conecte con el mundo real.
Apropiarnos de la inteligencia artificial. No hay congreso ni reunión del sector que no la tenga en el centro. La gente ya la usa todos los días. Lo que no siempre va a la par es la capacidad institucional de los Estados, las políticas públicas y, sobre todo, la formación de los profesores. Por eso no hablo de adaptación, sino de apropiación. Cuando los propios líderes de las grandes empresas tecnológicas piden ir más despacio y los gobiernos ya hablan de superinteligencias, la respuesta no puede ser el miedo ni la indiferencia. Debemos rodear esta innovación de capacidades, sin frenarla, sin temerle y sin hacernos los de la vista gorda: con gobernanza clara, con ética y con una dimensión humanista. Las organizaciones ya son agénticas; el reto es combinar bien la inteligencia humana con la artificial para que las cosas no se nos salgan de las manos.
Enseñar a aprender. Los estudios del Foro Económico Mundial lo confirman: el trabajo cambió y seguirá cambiando. Se estima que una persona podrá cambiar de profesión cinco, seis o hasta siete veces a lo largo de su vida. Lo sé por experiencia: estudié filosofía y hoy dedico mis días a la educación. Por supuesto que debemos formar en las competencias clave del presente, en especial las digitales. Pero lo mejor que puede dejar un proyecto educativo es un estudiante capaz de aprender a aprender. Hoy es la inteligencia artificial. Mañana, ¿qué será?
Nada de esto ocurre sin transformar la propia universidad. Necesitamos flexibilizar mucho más nuestra apuesta: ser menos rígidos en la arquitectura curricular, en la organización, en la propuesta de valor y en la oferta de programas; integrar la tecnología y mantener una conexión permanente con los sectores productivos. No es sencillo. En casi 10 años como rector he aprendido que la gestión del cambio no ocurre de la noche a la mañana. Cambiar la mentalidad de profesores y colaboradores exige conciencia, lectura permanente del entorno y fidelidad a la misión.
No todas las instituciones de la región están en esa ruta, y el tiempo para emprenderla se acorta. La universidad del futuro será más flexible, más digital y más conectada con el mundo real. Pero solo tendrá sentido si el componente humano jamás desaparece de ella.