Analistas 18/07/2026

La universidad y el “excedente humano”

P. Harold Castilla Devoz
Rector General de Uniminuto

Este mes, ante la cumbre AI for Good, el Vaticano resumió su inquietud en tres palabras: “la pérdida de la acción humana”. La frase incomoda porque es precisa y porque no habla de máquinas: habla de educación. Cuatro voces recientes coinciden sin haberse puesto de acuerdo. León XIV escribe Magnifica humanitas tras escuchar, entre otros, a “padres y profesores profundamente preocupados por el futuro de las jóvenes generaciones”. Los teólogos de Loyola Andalucía, comentando Dilexi te, denuncian la indiferencia ante la pobreza cuando se justifica “desde una visión individualista e intimista de la fe”. Shoshana Zuboff advierte que el capitalismo de vigilancia ya redefinió a las personas como “excedente humano”. Y Yuval Noah Harari cierra el círculo: la inteligencia artificial “podría ser una gran psicópata que manipula perfectamente” y ya no busca nuestra atención, sino nuestro afecto.

Tradúzcase esto al aula colombiana. Formamos jóvenes que conversan más horas con un modelo de lenguaje que con sus docentes, en lo que Harari llama “el mayor experimento psicológico-social de la historia”, mientras el debate universitario sigue atascado en si usar IA es o no hacer trampa. La pregunta de fondo es otra: ¿qué queda de la deliberación cuando la formación se reduce a producir entregables que una máquina redacta mejor? “La democracia es una conversación entre gente”, recuerda Harari. Si la universidad deja de ser el lugar donde se aprende a conversar, ningún algoritmo lo será.

El 7 de agosto se posesiona un gobierno nuevo. El saliente deja una reforma real: la que ató los aportes de las IES públicas al Índice de Costos de la Educación Superior y fijó la meta de 1% del PIB y, a la vez, una inconsistencia mayúscula: se legisló la obligación de gastar sin cerrar la conversación sobre de dónde sale la plata, en un marco fiscal tensionado. Al que llega le entregan una promesa firmada y una caja sin resolver. Es la peor herencia posible, porque el incumplimiento tendrá cara nueva y culpa vieja.

Aquí es donde Dilexi te resulta más útil que cualquier documento Conpes. “La beneficencia sigue siendo necesaria, aunque no basta”, escriben los profesores de Granada, y exigen ir a las causas estructurales. Nuestra política de educación superior ha vivido de esa tentación: matrícula cero como gesto, cobertura como cifra, deserción como nota al pie. Financiar el ingreso sin financiar la permanencia es beneficencia con nombre técnico. La verdadera opción por los pobres, en clave universitaria, se llama graduación, empleabilidad y calidad regional.

Tres tareas concretas para el gobierno entrante. Primera: blindar la financiación con una regla creíble y auditable, no con anuncios; una ley que no se puede pagar erosiona la confianza más que una ley que no existe. Segunda: una política pública de IA en educación superior que no oscile entre la prohibición ingenua y la adopción acrítica, y que exija lo que pide Harari: “que quede siempre claro quién es humano y quién una máquina”. Tercera, y la más ignorada: proteger los datos de estudiantes y docentes. Las universidades están firmando contratos con plataformas que convierten el aprendizaje en materia prima. Zuboff lo llamó por su nombre: “si una persona le quita algo a alguien a escondidas y lo vende para sacar provecho, eso se llama robar”. Ninguna institución que enseña ética puede ser, al mismo tiempo, proveedora de excedente conductual.

Zuboff termina su ensayo con una idea que un rector debería enmarcar: “la defensa de la democracia es un acto de amor que ofrecemos por adelantado a un futuro aún indeterminado”.

Colombia tiene la oportunidad de decidir si su universidad forma ciudadanos con agencia o usuarios optimizados. La educación superior es exactamente eso, o no es nada. No habrá una segunda oportunidad y, esta vez, los algoritmos no están de nuestro lado.

TEMAS


Análisis - Educación