Lo que la Generación Z europea le advierte a Colombia
Las imágenes que llegan de Burdeos, París, Atenas, Tirana o la Puerta del Sol tienen un aire de familia. Son jóvenes que salen a la calle contra el costo de vida, los recortes en educación y una vivienda convertida en activo financiero. Claudi Pérez, en El País, le puso nombre hace una semana: la “Gran Insatisfacción”. Es una generación convencida de que vivirá peor que sus padres y que ya no le cree a las instituciones que le prometieron lo contrario. Thomas Piketty lo resume en un dato: en Francia, el presupuesto por estudiante cayó 20% desde 2017. Los jóvenes, dice, reclaman algo sencillo: recursos para estudiar con calidad. Mientras tanto, en ese vacío crecen los discursos de mano dura, que ya rozan el 30% de los apoyos en varios países.
Sería cómodo pensar que esto es un asunto europeo. No lo es. Colombia ya vivió su versión en 2021, cuando el paro nacional tuvo en los jóvenes su rostro más visible y su mayor costo humano. Y las cifras de hoy no invitan a la tranquilidad. Según el Dane, entre abril y junio de este año 2,38 millones de jóvenes de 15 a 28 años no estudiaban ni trabajaban: uno de cada cinco. Dos de cada tres son mujeres. El desempleo juvenil bajó, pero sigue en 14,7%. Lo que Europa nos enseña es que el malestar juvenil no nace solo de la pobreza. Nace de la expectativa rota. Europa tiene desempleo en mínimos y un Estado de bienestar robusto, y aun así sus jóvenes protestan, porque sienten que el esfuerzo ya no conduce a un futuro propio. En Colombia, con una red de protección mucho más delgada, esa expectativa la ha sostenido durante décadas una sola promesa: estudiar es el camino para salir adelante. Si esa promesa se rompe, no tenemos colchón que amortigüe la caída.
Ahí está el compromiso de la educación superior. Hemos avanzado en acceso, pero el acceso es apenas la mitad de la promesa. La otra mitad es que el título conduzca a una vida digna. Eso nos exige, al menos, cuatro cosas. La primera es pertinencia. Necesitamos programas conectados con el trabajo real de las regiones, con prácticas, formación dual y certificaciones que se puedan sumar en el camino. Y necesitamos preparar a los jóvenes para un mercado que la inteligencia artificial está transformando antes de que ellos se gradúen. La segunda es permanencia. La deserción es la forma silenciosa de la frustración juvenil: el joven que se retira no protesta, simplemente desaparece de las estadísticas de esperanza. Acompañarlo en lo académico, lo psicosocial y lo económico no es un servicio adicional; es parte de la misión. La tercera es ir por quienes no están. Los 2,38 millones de jóvenes por fuera del estudio y del empleo no van a tocar la puerta de la universidad. En las zonas rurales, apenas tres de cada diez bachilleres pasan de inmediato a la educación superior. Hacen falta modelos flexibles, presencia territorial y horarios pensados para la joven que cuida a otros mientras estudia. La cuarta es formación ciudadana. La universidad debe ser el lugar donde la indignación se convierte en argumento y el argumento en propuesta. No se trata de domesticar la inconformidad, sino de darle un cauce democrático antes de que otros la capitalicen con promesas fáciles.
Nada de esto es posible sin financiación estable para todo el sistema, público y privado. La lección francesa es clara: recortar en educación es sembrar la protesta de mañana. Václav Havel escribió que la esperanza no es la convicción de que las cosas saldrán bien, sino la certeza de que algo tiene sentido. Eso es lo que hoy les falta a muchos jóvenes europeos, y lo que todavía podemos cuidar en Colombia.