Nueva cooperación industrial entre Corea y Colombia
Hasta hace apenas dos o tres años, buena parte del debate energético mundial giraba en torno a la “transición energética”. Las preguntas principales eran cuánto reducir el uso de combustibles fósiles, cuánto ampliar las energías renovables como la solar y la eólica, y qué papel debían desempeñar la energía nuclear y el gas. En definitiva, la atención estaba puesta en encontrar una combinación energética adecuada. Este desafío sigue siendo fundamental. Sin embargo, con el avance de la transformación impulsada por la inteligencia artificial, o AX (AI Transformation), el problema se ha vuelto mucho más complejo.
El mundo debe afrontar simultáneamente dos grandes desafíos: el cambio climático y la transformación provocada por la inteligencia artificial. Para combatir el primero es necesario reducir el consumo de combustibles fósiles y avanzar en la electrificación de la industria, el transporte y los edificios. Pero, al mismo tiempo, la expansión de la inteligencia artificial, los centros de datos, los semiconductores, la robótica, los vehículos eléctricos y la manufactura avanzada está generando una enorme demanda adicional de electricidad. En su informe Electricity 2026, la Agencia Internacional de Energía (AIE) estima que la demanda mundial de electricidad crecerá, en promedio, un 3,6 % anual entre 2026 y 2030. Necesitamos reducir las emisiones de carbono y, al mismo tiempo, producir mucha más electricidad. Ese es el nuevo desafío.
Durante los años en que trabajé en Colombia presté especial atención a los temas energéticos del país. Colombia posee abundantes recursos hídricos y, durante la última década, aproximadamente dos tercios de su generación eléctrica han provenido de la energía hidroeléctrica. Esto representa una importante ventaja para disponer de electricidad con bajas emisiones de carbono. Sin embargo, cuando fenómenos como El Niño y las sequías reducen las precipitaciones, la generación hidroeléctrica también puede verse afectada. Una fuente energética que constituye una fortaleza frente al cambio climático puede convertirse, paradójicamente, en una vulnerabilidad frente a la variabilidad climática. Por eso consideraba que la cuestión no consistía únicamente en sustituir unas fuentes de generación por otras, sino en cómo construir un sistema eléctrico más estable y resiliente.
Había otro aspecto que también me interesaba especialmente: la relación entre energía e industria. La política energética se discutía principalmente dentro del sector energético, mientras que la industria, el transporte y la logística desarrollaban sus propias políticas y las empresas privadas buscaban nuevas oportunidades. Sin embargo, desde lo que pude observar sobre el terreno, no siempre resultaba evidente que todos estos esfuerzos estuvieran suficientemente conectados dentro de una gran estrategia industrial. Seguramente existían iniciativas que yo no llegué a conocer. Aun así, pensaba que si la energía, la industria, el transporte, la logística y la inversión privada pudieran articularse de manera más estrecha, surgirían muchas más posibilidades.
El hidrógeno era un buen ejemplo. Existía considerable interés en aprovechar el potencial solar y eólico de Colombia para producir hidrógeno verde, transformarlo en amoníaco y exportarlo. Algunas empresas colombianas con las que tuve oportunidad de conversar manifestaban incluso interés en producir fertilizantes o amoníaco si podían disponer de hidrógeno a precios competitivos. Entonces me surgió una pregunta: exportar esa energía puede ser importante, pero ¿no podríamos utilizarla también para crear nuevas industrias y nuevos mercados dentro de Colombia? Lo mismo ocurre con la movilidad sostenible: incorporar más vehículos y autobuses eléctricos no crea por sí solo un nuevo ecosistema industrial, que requiere además baterías, componentes, mantenimiento y logística. En ambos casos, además de pensar cuánto producir, conviene pensar desde el principio para qué vamos a utilizar esa energía.
Esta pregunta se vuelve todavía más importante en la era de la inteligencia artificial. La electricidad ya no es únicamente un asunto de centrales de generación. Podemos producir enormes cantidades de energía, pero si no somos capaces de transportarla hasta donde se necesita, no podremos aprovecharla. Se requieren redes de transmisión y distribución, subestaciones y, a medida que aumenta la generación renovable, sistemas de almacenamiento de energía (ESS), como las baterías, y una mayor flexibilidad de la red. Y al final de todo este sistema están las industrias y los mercados que consumen esa electricidad. Si antes la pregunta fundamental era “¿qué combinación energética debemos tener?”, ahora debemos preguntarnos también cómo producir electricidad baja en carbono, almacenarla, transportarla de manera estable y conectarla con nuevas actividades industriales.
Lo que está ocurriendo en Texas ilustra bien este cambio. Ante el rápido aumento de los proyectos de centros de datos, las solicitudes de conexión de grandes consumidores eléctricos que Ercot, el operador de la red eléctrica de Texas, tenía bajo seguimiento sumaban más de 438 GW a mediados de 2026. Cerca del 90 % correspondía a centros de datos. Esto no significa que todos esos proyectos vayan a construirse ni que toda esa capacidad se convierta en demanda real. Pero la magnitud muestra algo importante: la competencia en inteligencia artificial ya no es únicamente una competencia por semiconductores y centros de datos. También se está convirtiendo en una competencia por disponer de electricidad y de redes capaces de suministrarla.
Colombia no es Texas, y las escalas son distintas. Pero la lógica es la misma. La electrificación de la industria y del transporte, la manufactura avanzada y, hacia el futuro, los centros de datos y otras actividades digitales llegarán allí donde exista electricidad suficiente, estable y a precios competitivos. Para un país cuya matriz depende en gran medida del agua, asegurar esa electricidad forma parte de su estrategia industrial.
El problema es el tiempo. La demanda de electricidad puede aumentar rápidamente, pero una central eléctrica, una línea de transmisión o una subestación no pueden construirse de la noche a la mañana. Si numerosos países amplían simultáneamente su infraestructura eléctrica, aumentará también la demanda de transformadores, cables y materias primas como cobre y aluminio. Si la electricidad necesaria no puede suministrarse a tiempo, la propia energía puede convertirse en un cuello de botella para el desarrollo industrial. Corea también está enfrentando este desafío: necesita ampliar las energías renovables y, al mismo tiempo, garantizar un suministro eléctrico estable, lo que aumenta la importancia de las redes y de los sistemas de almacenamiento.
En el proceso de industrialización de Corea, la energía y la industria tampoco avanzaron por caminos separados. A medida que crecía la industria, aumentaba la demanda eléctrica y se ampliaban las centrales y las redes. A su vez, un suministro estable de electricidad permitió el crecimiento de nuevas industrias. La industria necesitaba energía y la energía ayudaba a crear más industria. Esto no significa que Corea sea líder mundial en todos los ámbitos energéticos. Sin embargo, dispone de una amplia base industrial en sectores como la energía nuclear, la construcción naval y la ingeniería y construcción de plantas offshore, el acero, los transformadores y equipos eléctricos, los cables submarinos, las baterías y sistemas ESS, los automóviles, la construcción y los puertos. Considero que una de las fortalezas de Corea no reside únicamente en una tecnología determinada, sino en una base manufacturera capaz de conectar diferentes industrias.
La energía eólica offshore del Caribe colombiano puede analizarse precisamente desde esta perspectiva. La hoja de ruta elaborada por el Gobierno colombiano con apoyo del Banco Mundial estima en alrededor de 50 GW el potencial de desarrollo de la energía eólica marina del país, una vez consideradas las restricciones ambientales y sociales. Puede convertirse en una oportunidad para diversificar una matriz eléctrica fuertemente dependiente de la generación hidroeléctrica. Pero disponer de buenos vientos no crea automáticamente una industria eólica offshore. Se necesitan puertos, buques especializados y sistemas de mantenimiento; y para llevar la electricidad hasta tierra firme se requieren cables submarinos y redes de transmisión.
Si a todo ello se conectan la electrificación industrial, los centros de datos, la movilidad sostenible, las baterías y sistemas ESS, el hidrógeno verde y el amoníaco, la perspectiva cambia. La energía eólica offshore podría dejar de ser simplemente un proyecto de generación y convertirse en el punto de partida de un nuevo ecosistema industrial. Poseer abundantes recursos energéticos y convertirlos en competitividad nacional son dos cosas diferentes. Hay que transformar el viento en electricidad, llevar esa electricidad hasta donde se necesita y utilizarla para crear industrias y mercados. Solo entonces un recurso natural se transforma plenamente en valor industrial.
Es precisamente en este punto donde veo una nueva posibilidad de cooperación entre Corea y Colombia. Nuestros países mantienen relaciones diplomáticas desde 1962 y el Tratado de Libre Comercio entró en vigor en 2016. En determinados ámbitos de la energía eólica offshore, varios países europeos poseen mucha más experiencia que Corea, y Corea también tiene mucho que aprender de ellos. Pero si la base manufacturera coreana puede conectarse con los recursos energéticos y el potencial industrial de Colombia, la cooperación bilateral podría ir más allá de proyectos aislados de generación o del simple suministro de equipos y evolucionar hacia una cooperación más amplia en las industrias del futuro.
Podríamos comenzar por explorar tres áreas de cooperación. La primera son los puertos y la logística que requeriría una industria eólica marina. La segunda, los cables submarinos, las redes de transmisión y los sistemas de almacenamiento necesarios para llevar la electricidad hasta donde se necesita. La tercera, la formación de ingenieros y técnicos colombianos y el desarrollo de proveedores locales. No se trata de proyectos definidos, sino de puntos de partida para el diálogo entre gobiernos, empresas e instituciones de ambos países.
En este proceso hay una pregunta particularmente importante: ¿qué queda en el país después de cada proyecto? En el primer proyecto pueden ser necesarios el capital, la tecnología y la experiencia de empresas extranjeras. Pero si en el segundo y en el tercero las empresas, los ingenieros y los técnicos colombianos pueden asumir un papel cada vez mayor, el resultado será diferente. La cooperación internacional dejará de ser simplemente una sucesión de proyectos y comenzará a dejar capacidades nacionales en forma de empresas, tecnología y capital humano. Más de seis décadas de relaciones entre nuestros países y el TLC Corea-Colombia pueden servir como base para construir esta nueva cooperación industrial.
En el futuro, las diferencias entre países no estarán determinadas únicamente por quién posea mejores tecnologías de inteligencia artificial. También dependerán de quién sea capaz de disponer de suficiente electricidad baja en carbono para impulsar la inteligencia artificial, los centros de datos y la manufactura avanzada; transportarla de forma estable hasta donde se necesita; y convertirla en nuevas industrias.
La experiencia de Corea no puede ser la respuesta para Colombia. Nuestros recursos y nuestras estructuras industriales son diferentes. Pero sí podemos compartir experiencias y fortalezas y pensar juntos cómo conectar el futuro de la energía con el futuro de nuestras industrias. Para un país que quiere prepararse para el futuro, quizá el recurso más escaso no sea la electricidad, sino el tiempo.